Análisis 39,  Paola Bolgiani

Parejas nuevas (los embrollos del amor)

Paola Bolgiani

Como recuerda Esthela Solano en su libro Tres segundos con Lacan, al comienzo del capítulo IX titulado «Con qué nos casamos», en Occidente desde la época del Imperio Romano, el matrimonio sanciona la unión de una pareja mediante un contrato que responde ante la ley y que, tradicionalmente, está marcado también por una dimensión trascendente, del momento en que esta unión tiene lugar ante Dios.

La dimensión de acto simbólico de esta ceremonia está en primer plano. La fórmula todavía en uso en la ceremonia del matrimonio muestra ese acto performativo del lenguaje que Lacan recuerda en Función y campo: al formular «Tú eres mi mujer», el sujeto enuncia su verdadera posición, «Yo soy tu hombre».

La pareja, más o menos hasta la época de Freud, estaba regulada, orientada según los dictados de la tradición, tradición que sostenía los semblantes del hombre y la mujer en el vínculo conyugal. Hasta la época de Freud, aunque Freud captó los chirridos… sus pacientes histéricas, de hecho, se opusieron sintomáticamente a esas reglas supuestamente naturales según las cuales una pareja estaba formada por un hombre y una mujer, que tenían tareas claramente definidas: el hombre debía proveer al sustento de la familia y amar y respetar a su mujer (lo que no implicaba, sin embargo, que no pudiera ser infiel; al contrario, el propio «respeto» les impulsaba a menudo a buscar el goce sexual en otra parte); mientras que la mujer debía ser fiel a su marido, darle hijos y cuidar de ellos y del hogar. Estas «mujeres freudianas» se oponían a este ideal aún dominante y, al mismo tiempo, al poder y al saber médico que, incapaces de reconducirlas al «buen camino», las acusaban de simulación o estupidez. Fue necesario Freud para poderse poner a la escucha de sus palabras.

Ahora sabemos que, en nuestra época, los semblantes se han disuelto y con ellos toda tradición ha perdido valor, como lo ha perdido la referencia a una supuesta ley natural y a una dimensión trascendente del vínculo de pareja. En general, asistimos a una batalla en la que las posiciones son cada vez más radicalmente extremas y opuestas. Por un lado, están quienes apoyan la libertad de emparejarse de las formas más diversas, rechazando las categorías tradicionales. Al mismo tiempo se crean nuevas y cada vez más numerosas categorías bajo las cuales inscribir su propia forma de ser en pareja, en un movimiento que, como sabemos, conduce a nuevas segregaciones y auto segregaciones.

Por otro lado, están los nostálgicos de la tradición, partidarios de una supuesta ley natural según la cual la «verdadera» pareja es exclusivamente la formada por un hombre y una mujer, posiblemente con fines de procreación.

Además, la revolución tecnológica que ha invadido nuestra época ha afectado profundamente tanto a los semblantes que rigen y orientan a la relación de amor y las relaciones sexuales, como a las modalidades concretas de encuentro y relación.

La proliferación de nuevos semblantes, vehiculados principalmente por los medios de comunicación y las redes sociales, que rompen el binario hombre-mujer y la idea tradicional de pareja heterosexual y monógama (o supuestamente tal), choca por tanto con el intento de restaurar los viejos semblantes tradicionales. Son dos posiciones que chocan pero que también encuentran puntos de contacto, porque no faltan en la red modelos identificativos que (re) proponen, en clave contemporánea, los estereotipos masculino-femenino del pasado.

Pensemos en las parejas y familias famosas que se convierten en influencers en las redes sociales y funcionan como modelos de identificación. Además, en el web se encuentran figuras muy tradicionales, tanto del lado hombre que del lado mujer.

Del lado masculino, tiene un gran éxito la figura del macho “alfa” guapo, blanco, seguro de sí mismo y ganador, que se contrapone al hombre inseguro y con mala suerte con las mujeres, mientras que del lado femenino las más populares por supuesto son las chicas que encarnan todos los estereotipos femeninos de belleza, gracia y feminidad. Y, añadiría yo, con curiosos reversos: por ejemplo un nuevo fenómeno en las plataformas sociales son los «hombres princess», hombres que están en pareja con una mujer, pero que se comportan según los cánones femeninos estereotipados en la pareja, por ejemplo haciendo que les paguen la cena, les lleven flores, les abran las puertas, etcétera. La variabilidad y el modo en que estas como otras categorías de identificación producen ironía e invención en la web demuestra, además, que con los semblantes se puede jugar.

Así, encontramos una explosión de semblantes, más o menos referidos a los semblantes de la tradición, que la web propone como otros tantos modelos identificadores, modelos para hacer pareja.

Además, cada vez más parejas, de hecho tanto jóvenes como mayores, recurren a canales virtuales para conocerse, plataformas que pueden ser gratuitas pero que, para ofrecer mejores servicios, pasan a ser de pago, como la muy conocida y utilizada Tinder. Las plataformas de citas funcionan según una lógica que, utilizando la estrategia de nuestro mundo capitalista y consumista, tiende a engañar a la gente haciéndole creer que la necesidad, la demanda y el deseo pueden coincidir, al mismo tiempo que explota la imposibilidad de saturar el deseo respondiendo a la demanda. Pagando por el servicio de la plataforma, uno tendrá derecho a acercarse a la «pareja ideal», es decir, aquella que responde a lo que se demanda, en términos de características físicas, de carácter, de nivel social y cultural, de gustos y pasiones, e incluso de preferencias sexuales.

Una puntualización: desde el punto de vista de un individuo, de un sujeto, un encuentro que se produce con una plataforma, por ejemplo Tinder, no excluye que desde esa plataforma se pueda producir una relación de pareja, ya que todo encuentro está sujeto a la contingencia; lo que me parece interesante es destacar cómo, desde un punto de vista social y político, el encuentro de pareja se ha convertido con estas plataformas en una mercancía que se puede vender y comprar, como cualquier otro objeto material o inmaterial de nuestra contemporaneidad.

Es interesante señalar, con respecto a las parejas, que esta lógica no difiere de la que guía las cada vez más populares plataformas de psicoterapia on line, en las que es la plataforma la que determina el «buen» emparejamiento entre paciente y terapeuta, con la idea de hacer coincidir la oferta y la demanda.

Podemos subrayar que este trastorno que nos presenta nuestra época es una demostración de que el ser humano en la elección del amor y de la pareja sexual no obedece a ningún instinto y, por lo tanto, que no hay naturalidad de la pareja; la relación sexual, es decir, una ley de la naturaleza que se inscribiría y podría escribirse, no existe, y el partenaire, para el ser hablante, es más partenaire-síntoma, como nos enseña el Seminario de Miller que lleva este título.

No son las identificaciones -antiguas o nuevas, binarias o no- las que aseguran el encuentro amoroso y sexual, que no puede ser normalizado y es más bien el resultado de la contingencia. Al mismo tiempo, sin embargo, el psicoanálisis también nos muestra que hay algo en la vida de un individuo que guía la elección de pareja e impulsa la repetición infernal del sufrimiento y el fracaso. La pregunta que nos hacemos como analistas es: ¿con qué se hace pareja? Si nuestra vida de relación está gobernada por el fantasma, el ser humano se dedica a buscar en el partenaire de la pareja el objeto que lo completaría como sujeto barrado, el objeto que provoca el deseo y del que puede surgir el amor. Con el problema de que esto se refiere a los dos partenaires de la pareja.

En el Seminario sobre la transferencia, Lacan hace una descripción que me parece muy poética:

 “Porque el deseo, en su raíz y en su esencia es el deseo del Otro, y es aquí, hablando con propriedad, donde está el resorte del nacimiento del amor, si el amor es lo que ocurre en ese objecto hacia el cual tendemos la mano con nuestro deseo, y lo que, cuando nuestro deseo hace estallar su incendio, nos deja ver por un instante esa respuesta, esa otra mano que se tiende hacia nosotros como su deseo”. (Sem. VIII, cap. XII).

En el otro buscamos el objeto que nos falta y que suponemos que podría completarnos, que podría completar nuestra falta. No hay reciprocidad, ya que cada uno de los dos trata de encontrar en el otro ese agalma que le completaría. Lo que llamamos las «desilusiones» del amor, que solemos imputar al hecho de que el otro no ha estado a la altura de nuestras expectativas, están ahí para mostrarnos hasta qué punto son ilusiones esas expectativas de que el partenaire pueda completarnos, proporcionarnos lo que nos faltaría para alcanzar la armonía con nosotros mismos y con la vida.

Recordemos también que el psicoanálisis después de Freud promovió una idea de evolución madurativa que conduciría al amor genital, adulto, recíproco, en el sentido del intercambio de igual a igual: el análisis sería, según estos analistas, la vía regia hacia esta armonía en el vínculo de pareja. Se trataría de recrear la pareja primigenia, armónica, sin fallas: la pareja madre-hijo. Sin embargo, como dice Lacan en la Alocución sobre la psicosis infantil (Otros escritos), eso «de la armonía inherente al hábitat materno» no es más que un «fantasma ficticio».

Tanto en nuestra experiencia personal como en la clínica sabemos que la idea de armonía, de una condición privilegiada en la que todo iría bien, en la que el vínculo sería lo que hace falta, es una idea que siempre atribuimos a otro -a otra pareja, por ejemplo-. El otro es, para el sujeto humano, aquel que goza de lo que yo estoy privado, lo que conlleva una agresividad que podemos llamar estructural: puedo admirar al otro, desear estar en su lugar y, en el límite, intentar arrebatarle el objeto que supongo que él tiene y que a mí me falta. “Te amo”, escribe Lacan, “pero como amo en ti algo que está más allá de ti [el objeto que tú tendrías, que tú disfrutas y que a mí me falta], te mutilo”. Alimentar el ideal de armonía tanto en el amor de pareja como en el amor de la pareja madre-hijo -no lo olvidemos- no hace sino alimentar la dimensión de la agresión, que puede empujarnos hasta al pasaje al acto que vemos producirse en las parejas cuando la separación se hace imposible.

Al contrario, afirmar, como señala Lacan, que no hay relación sexual significa que cada uno debe encontrar su propio bricolaje para tratar el goce del cuerpo -que siempre es autista- en una dimensión en la que el amor pueda encontrar un lugar.

Entonces, ¿qué pasa con el deseo, el amor y el goce en la era digital?

Por un lado, tenemos la «solución» que lleva a algunos a permanecer detrás de la pantalla. Una pantalla que es a la vez la pantalla concreta, la del device con el que uno se conecta virtualmente, pero también la pantalla del fantasma -cuando éste funciona- que aleja lo real, en este caso lo real del encuentro, lo real del cuerpo.

Un joven paciente, para quien esta pantalla del fantasma no funciona en relación con lo real, cuenta esta experiencia: conoció a su actual novia en las redes sociales. Hermosa, su ideal de mujer. Durante un tiempo todo fue bastante bien. Pero a partir de cierto momento, en determinadas ocasiones, la imagen de ella se deforma, se vuelve monstruosa, insoportable para él que se siente terriblemente angustiado.

En los encuentros aparece que estos fenómenos se producen cuando, en la continuación de su frecuentación, ella empieza a «dejarse llevar (soltarse)»: hace ruidos al comer, no enmascara los sonidos desagradables de la digestión, va al baño y permanece el olor… Cuando el real del cuerpo se manifiesta en su materialidad de goce, fracasa el velo frágil que la bella imagen cubría.

Así, para algunos, la pantalla del ordenador aleja del encuentro entre los cuerpos. El goce puede tomar el camino de la pornografía, cada vez más frecuentada por jóvenes y mayores, hombres o mujeres, que, como sabemos, puede convertirse en adicción al igual que todo lo que el mercado pone a nuestra disposición para gozar. O puede convertirse en un verdadero impasse en relación con el encuentro, como lo atestigua otro paciente que no puede evitar, cada vez, comparar su performance sexual con la de los sitios porno que frecuenta, lo que le provoca un efecto de inhibición llena de angustia y de duda sobre su propia «normalidad» sexual.

Permanecer detrás de la pantalla del dispositivo electrónico y evitar el encuentro de los cuerpos puede enfatizar el amor en su cara narcisista, hasta el límite de hacer pareja con su propia imagen, reproducida y (re) propuesta innumerables veces en las redes sociales. Una situación que puede resultar bastante frágil, ya que cuando el otro ya no corresponde en el espejado imaginario, por ejemplo no poniendo su like, esta construcción puede fracasar. Una paciente muy joven relata su impasse cuando el interlocutor no responde de forma inmediata y positiva a uno de sus mensajes: si se trata de un interlocutor sin importancia, su respuesta inmediata es «bloquearlo»; si, por el contrario, es un interlocutor que considera importante, la angustia la invade inmediatamente y se siente literalmente dejada caer.

Como oímos cada vez con más frecuencia, algunos pueden intentar conseguir la armonía de la pareja col eliminar la sexualidad. Una encuesta reciente en Italia afirma que el 30% de las parejas estables son «parejas blancas». Entre éstas, aumentan las que deciden consensuadamente no tener relaciones sexuales. Pienso en una paciente que «desde siempre» no ha tenido relaciones sexuales con su pareja por decisión mutua. Esta mujer, que hace años, en el umbral del matrimonio, descubrió que su futuro marido esperaba un hijo con su mejor amiga y colega, dice: «En el amor, la sexualidad complica todo». Ella «no quiere saber nada» de cómo se regula su actual pareja en relación con esto (y concretamente lo que hace cuando él se va de viaje, solo, un fin de semana cada mes), al igual que «no quiere saber nada» de su propio cuerpo como sexuado (en relación a una gran desnutrición desde hace años no tiene las reglas). A pesar de ello, su cuerpo se hace sentir, ¡y cuánto! Sufre una serie de síntomas somáticos que le hacen la vida muy difícil e incluso la han puesto en peligro en algunos momentos de su vida. No sabemos, por el momento, si estará dispuesta a poner en juego ese «no querer saber» y en qué medida.

En el reverso de este ideal de amor purificado de la pulsión, tenemos a quienes no quieren emparejarse para seguir el dictado superyoico contemporáneo: «¡Goza!». Una joven de vente anos dice que quiere tener «múltiples experiencias sexuales», como las que tuvo su último novio, porque «no quiere perderse nada». El problema, sin embargo, es que se enamora. ¿Y de quién se enamora? La pregunta la sorprende: de quien no responde a sus maniobras seductoras, encendiendo así su deseo.

Frente a este «gran desorden» con el que nos enfrentamos en nuestra época, los analistas lacanianos se encuentran en una posición privilegiada. Saben que la relación sexual no existe y que no existe la pareja perfecta, la pareja que debe tomarse como modelo. Saben que cada uno debe encontrar su manera de articular el amor, el deseo y el goce. Saben que el amor responde al programa del fantasma, pero también a la imprevisibilidad de la contingencia. Saben que con el amor uno se embrolla.

Entonces, ¿qué pareja propone un psicoanalista al sujeto contemporáneo que se dirige a él? Una pareja que no apunta al Uno, que no apunta a la reciprocidad, que no apunta a la igualdad, sino a la disparidad, porque, ante todo, apunta a «Otro». Una pareja que no se deja engañar por los semblantes, sino que escucha la particularidad del sujeto, sacándola del anonimato en que la tecnología, la web, las redes sociales corren el riesgo de confinarla. Un interlocutor no virtual, sino que ponga en juego el cuerpo y la presencia, porque a menudo, hoy, en primer plano no tenemos la palabra, el lamento, la reivindicación, la protesta, sino el cuerpo traído como aquello que desordena, que no responde al supuesto dominio del yo, que causa sufrimiento o que se convierte en el lugar de fenómenos inexplicables.

El deseo del analista toma la forma de un interés particularizado que se dispone a hacer lugar a la palabra y al deseo del sujeto, operando a veces de tal manera que se crean las condiciones para que esta palabra y este deseo se produzcan.

Especialmente para las generaciones más jóvenes, hoy que la sexualidad se expone, se exhibe, se vende y se compra como una mercancía entre otras, y no queda nada por descubrir, tal vez puede ser el amor el que puede interrogar, producir una cierta apertura, introducir, cuando sea posible, algo de una división.