En los tiempos de TikTok, en los que se deben resumir conceptos en un minuto o una noticia en un enunciado lo suficientemente interesante para que alguien haga click, la gente busca un diagnóstico clínico que consiga abarcar gran parte de sus síntomas sin tener que darle demasiadas vueltas, y así poder, como es propio de la demanda de la inmediatez de dichos tiempos, tener una cura externa dada por el sujeto del supuesto saber, de manera que se salva (o se condena) de tener que responsabilizarse por ello. Tal parece que, la locura, lejos de desaparecer como categoría de exclusión, se reinscribe en el tejido social bajo nuevas formas, ya no como algo que debe ser ocultado o temido, sino gestionado por el propio sujeto desde la identificación y que, en consecuencia, lleva a una autoexclusión.
Es común en la clínica encontrarnos con personas que vienen cargadas de significantes autoimpuestos, otorgados con ayuda de las redes sociales en la que abundan influencers hablando de Neurodivergencias, ya sea Autismo, TDAH, Personas Altamente Sensibles y otro tipo de diagnósticos que obedecen a un discurso causalista, que impone una sentencia clara: Estás enfermo, es algo biológico, alguien te debe curar y hacerte funcionar. Esto nos lleva a una postura en la que el malestar propio de la cultura, la economía y el imaginario social queda cubierto con la mordaza de lo innato, lo inamovible: Has nacido con un cerebro que funciona diferente al resto.
Pero ¿qué es la Neurodivergencia?. Ante el uso tan cotidiano de dicha palabra, hace falta conocer sus orígenes. Judy Singer, una mujer con diagnóstico de Autismo en los años 90, planteó que el Autismo no debería ser tratado como una enfermedad sino como un modo de operar y ver el mundo distinto, y que lejos de buscar una cura, simplemente debería existir una readaptación en el mundo académico y laboral para aquellos que no funcionan de la misma forma que “lo normativo”, o el prototipo que se espera en estos entornos. De esa forma, Singer intentaba romper con el discurso médico que estigmatiza a los Autistas como enfermos o locos, incluso creando una especie de orgullo identitario con el diagnóstico al proveer espacios y cuidados especializados para este tipo de población. Aunque su propósito era integrador, esto ha ido conllevando a una internalización en la sociedad de ese mismo discurso diagnóstico, en los que hay personas que funcionan de la misma manera en todos los ámbitos, y otras que son completamente diferentes.
A partir de esto, en los últimos tiempos, ha habido un incremento en el diagnóstico de Autismo y TDAH, lo que plantea un cuestionamiento por parte de los clínicos, sobre todo los psicoanalistas, de qué está representando eso en nuestra sociedad, en nuestra clínica y a qué está respondiendo, más allá de una proliferación de formas de subjetivación reduccionistas mediadas por el discurso psiquiátrico. Es importante tener en cuenta que estamos en tiempos que, más que una tendencia a la prohibición o la exclusión, una de las formas más populares de ejercer control es a través de la producción de subjetividad como método de consumo, y el auge del autodiagnóstico puede leerse como un efecto de tecnologías contemporáneas, en las que el sujeto es un agente activo en su propia clasificación. Cada vez necesitamos menos de un Otro que genere el diagnóstico, nos enfrentamos ante una internalización del discurso psiquiátrico presente en la cultura pop, en la que el sujeto se apropia de las categorías clínicas para definirse a sí mismo, y asiste a una consulta psicológica o psiquiátrica demandando que su discurso tenga legalidad. Aunque el control es asumido, reproducido y sostenido por el propio sujeto, su categoría lo ubica en una indefensión ante poder ser agente de su propio cambio, y muchos profesionales se ven reducidos a ser cómplices del goce propio de este síntoma contemporáneo.
Una de las lecturas posibles, y congruentes con el movimiento iniciado por Singer, es el ver estas categorías, hoy en día usadas a la ligera, como un nuevo criterio de creación identitaria ante el que algunas personas se sujetan. Teniendo en cuenta el fenómeno cultural del Identitarismo, lo que antes era visto como un estigma que conllevaba a la exclusión, ahora es integrado como carta de presentación, con el único problema de que el cuestionamiento de dicha carta de presentación es señalada como forma de invalidación de una persona y no, como corresponde en un análisis, una deconstrucción del Significante Amo ante el que el paciente parece estarse rigiendo. La verdadera pregunta como analistas sigue siendo el porqué el paciente necesita sostenerse con esa categoría, pero la cultura de la inmediatez y del sobrediagnóstico nos van adjudicando el manejo de ciertas palabras que cada vez reúnen mayor complejidad, y a su vez, mayor ambigüedad.
Entonces ¿cómo nos posicionamos desde el Psicoanálisis?. La experiencia subjetiva siempre es la brújula que indica un proceso de entrada en análisis, y cuando el motivo de consulta manifiesto es la duda de la pertenencia a una de estas categorías clínicas, sumidas bajo el discurso de la patologización, entramos en un terrero en el que hay que cuidarnos de no ser ubicados en la posición del supuesto saber, tanto por confirmarlo como por desmentirlo. Sin embargo, cuando una persona está barnizada por un criterio diagnóstico de este carácter biologicista, lo principal es siempre buscar la forma de devolverle la responsabilidad sobre su síntoma que la cultura pop con el lenguaje psicológico de las redes sociales parece estar intentando eliminar.
En el momento en el que ubicamos el uso de estas categorías como significantes amos, es necesario ahondar hasta llegar a una cadena de significantes más pura, con la que el sujeto organiza su experiencia más allá de ese discurso psiquiátrico. La identificación a un diagnóstico conlleva una forma de anclaje, pues el significante diagnóstico delimita y, en cierto modo, pacifica, por lo que no podemos obviar la dimensión de goce implicada en estas identificaciones. En algunos casos, ofrece una vía de legitimación del malestar, mientras que en otros, permite inscribirse en una comunidad que comparte códigos, experiencias y excusas en la aproximación con el Otro. El ser nombrado, pertenecer a una categoría y tener un trato personalizado se presenta como una respuesta a la dificultad de sostener una posición singular en un contexto de creciente homogeneización.
Con esto no negamos la existencia del Trastorno del Espectro Autista, o similares. Gran parte del uso de criterios diagnósticos como categorías identitarias conlleva a una trivialización de su uso en entornos clínicos y puede dificultar el proporcionar un tratamiento adecuado tanto a pacientes que necesitan una verdadera readaptación de su entorno, como cuando nos encontramos frente a casos más severos, como una psicosis ordinaria. Más allá de determinar la veracidad o falsedad del diagnóstico, es necesario interrogar la función que este cumple en el modo de organización del paciente, y a su vez, como malestar en nuestra cultura. Mientras el discurso contemporáneo ofrece una identidad y el discurso psiquiátrico otorga una sentencia de enfermedad, el psicoanálisis debe mantenerse introduciendo una pregunta, lejos de la nominación que pretende cerrar el sentido, sino una invitación al síntoma que no se deja reducir a ninguna categoría.