Conferencia en el Ateneo de Palencia el 17/8/2025
Noches de escuela de la ELP de CyL
Buenas tardes.
Antes que nada, quisiera agradecer a los organizadores y a quienes me han presentado por la elección del tema y por la generosidad de sus palabras introductorias.
El título que propongo para esta conferencia no es mío. Pertenece a José María Esquerdo, psiquiatra y político republicano español, quien lo utilizó en 1880 para una de sus lecciones en el Anfiteatro grande de la Facultad de Medicina. Me ha parecido oportuno recuperarlo porque, más de un siglo después, sigue siendo extraordinariamente actual. Porque aún hoy continuamos preguntándonos quiénes son, en realidad, los locos que no lo parecen.
De eso quiero hablaros esta tarde en el Ateneo palentino: de personas, de palabras, de matices y de límites. De esa delgada línea que separa —o tal vez une— la locura y la razón, la locura y la realidad, la locura y la cordura. Y, sobre todo, de cómo esas palabras, que a veces parecen inocentes, acaban determinando la manera en que pensamos, diagnosticamos y tratamos a las personas.
Dado que se trata de una conferencia dirigida a un público general, procuraré hacerlo con un léxico sencillo, sin piruetas retóricas ni una abundancia innecesaria de citas y referencias. Dicho de otro modo: intentaré hablar claro.
Como decía, «Locos que no lo parecen» (1880) es el título de una conferencia de José María Esquerdo. Su propósito era lograr la redención del loco ante la opinión pública y establecer su irresponsabilidad positiva, real —no ilusoria— ante los tribunales. Pretendía —en sus propias palabras— que estos infelices fueran cubiertos con el «augusto purpúreo manto de la irresponsabilidad [penal]», evitando así que fueran encadenados, torturados o entregados a la segur del verdugo. Además, Esquerdo sostenía que los enajenados que requieren atención inmediata son, precisamente, aquellos que se confunden con los cuerdos.
Mi propósito hoy, un siglo y medio después, es distinto. No busco una reivindicación jurídica, sino un acercamiento humano. Me gustaría aproximaros al mundo de la locura aligerando el dramatismo y el miedo que con frecuencia la rodean; presentar la locura como una parte esencial de la condición humana; y mostrar al loco como una persona más, con sus miserias y también con sus grandezas. Y, para hacerlo, partiré de algunas preguntas muy sencillas que nos servirán de guía.
- ¿Tú qué prefieres, ser/estar loco, ser/estar enfermo mental o ser/estar psicótico?
Las palabras que usamos a veces son poco relevantes, y otras veces resultan decisivas. En lo que voy a tratar hoy —ya os lo adelanto— son terriblemente determinantes. Locura, enfermedad mental y psicosis aluden a un referente común, pero tienen matices muy distintos y cambiantes, que dependen de quién las diga y en qué contexto se pronuncien.
Un paciente me decía una vez: «Bastante tengo con estar loco, como para aguantar además que me llamen enfermo mental» —o, en versión más propia del gremio— «…que digan que soy psicótico». Él percibía diferencias importantes entre esos términos, sobre todo porque algunos le parecían más degradantes que otros, incluso más hirientes.
El término loco o locura se usa con frecuencia entre la gente corriente e incluso entre algunos especialistas. En contextos distintos, de vez en cuando alguien dice: «De loco, todos tenemos un poco», una frase que no suele incomodar a nadie. Ahora bien, si en ese mismo adagio sustituimos loco por «enfermo mental» o por «psicótico», la cosa empieza a chirriar.
Lo mismo puede apreciarse en la célebre frase de Dalí, cuando en 1968 promocionó el chocolate Lanvin para el mercado francés. En aquel anuncio, el artista exclamaba con desparpajo: «Estoy loco por el chocolate Lanvin». La frase funcionaba porque la palabra loco tiene un tono amable, juguetón, incluso simpático. ¡Qué distinto habría sido si el excéntrico Dalí hubiera dicho que estaba psicótico o enfermo mental por el chocolate Lanvin! Desde luego, yo no lo habría comprado.
A mí, personalmente, me gusta locura. Es un término inespecífico, y esa misma inespecificidad, en los tiempos que corren, juega a nuestro favor. Además, resulta bienvenida en esta época de furor cientificista, donde numerosos términos médico-psicológicos circulan entre la gente de la calle, dando la impresión de que casi todo es enfermedad y de que el cerebro explica casi todo lo que hacemos, pensamos o queremos. A mí me gusta, como digo; pero a muchos de mis compañeros —sobre todo a los que se enfundan la bata blanca— les pone de los nervios.
Evidentemente, no hablo de locura al tuntún. Es una elección meditada, que se sostiene en seis motivos sustanciales, seis principios en los que se asienta mi punto de vista sobre este asunto, expuesto con detalle en el libro Hablemos de la locura (2018).
El primero enfatiza la hermandad del loco y el cuerdo dentro de la condición humana, ese amplio espacio común donde ambos se encuentran, pese a sus diferencias.
El segundo destaca que en toda locura hay siempre un grano de razón y lucidez: no hay locura sin razón, ni razón sin locura.
El tercero recuerda que la locura es siempre parcial e incompleta, nunca general y absoluta.
El cuarto subraya la posición activa del loco frente a la pasiva del enfermo: el loco hace algo con su locura, al enfermo le hacemos algo con su enfermedad.
El quinto pone de relieve que —a diferencia de las llamadas enfermedades mentales— la locura invita al diálogo y esquiva la compasión.
Y el sexto, quizá el más importante, defiende que la locura es, ante todo, una defensa necesaria para sobrevivir.
- ¿Los locos dicen disparates?
La locura suele caracterizarse en referencia a la razón. Algunos dicen que es lo contrario de la razón; otros, que es lo otro de la razón. Parece un matiz sin importancia, pero no lo es. De ahí se desprenden dos perspectivas teóricas y clínicas muy distintas —incluso contrarias—, dos posiciones que, como suele decirse, no casan bien.
De resultas de esta oposición, hablar de locura y de loco se ha convertido casi en una seña de identidad: por un lado, quienes sostienen una clínica orientada hacia la subjetividad; por otro, quienes consideran esos términos poco científicos, incluso ofensivos.
La oposición entre locura y razón, que atraviesa toda la historia del pensamiento occidental, comenzó a formularse de manera explícita en el siglo XVII con la filosofía de Descartes. Desde entonces, la razón pasó a ocupar el lugar de medida universal de las cosas y, en consecuencia, se situó en las antípodas de la locura. Descartes lo ejemplificó en sus Meditaciones metafísicas, donde describe al loco como aquel que pierde la capacidad de distinguir entre la realidad y la imaginación.
Durante el racionalismo y el criticismo, la razón fue elevada a criterio absoluto. Apartarse de ella equivalía, sin más, a la locura. Así lo afirmaron Diderot en la Enciclopedia, Georget en su artículo «Folie» —donde la define como pérdida o destrucción de la razón humana—, y, sobre todo, Daquin, en su célebre monografía La philosophie de la folie (1792), al caracterizar la locura como «lo contrario de la razón».
Ahora bien, la noción misma de razón tampoco es tan sencilla como parece. A lo largo de los siglos se ha entendido como la facultad destinada al conocimiento, aquello que distingue al ser humano del resto de los animales. Esta concepción alcanza su formulación más acabada en Kant, donde la razón se desdobla en teórica —orientada al conocimiento— y práctica —encargada de regular la conducta—.
Con el desarrollo de la psicología patológica, esta oposición tan nítida entre locura y razón fue perdiendo fuerza. Poco a poco, se abrió paso una concepción distinta: la locura ya no como lo opuesto a la razón, sino como una alteración de la relación con la realidad.
En cualquier caso, de los locos se ha dicho de todo: unos sostienen que disparatan; otros, que razonan como los que más. Y sí, razonar, razonan. Tanto es así que, desde las primeras décadas del siglo XIX, una de las formas de locura más estudiadas fue la llamada «locura razonante», uno de los oxímoros más llamativos de la psicopatología.
- ¿Los locos viven en otro mundo?
Como acabo de señalar, la oposición entre locura y realidad prolonga la antigua contraposición entre locura y razón, transformada ahora en una cuestión de relación con el mundo común. A partir de la modernidad, la razón se convierte en medida de la realidad y, con ella, se impone la idea de que la locura consiste en una pérdida —o una distorsión— del contacto con esa realidad compartida.
Así lo expresan, por ejemplo, Bleuler, al describir el autismo como el encierro del esquizofrénico en un mundo propio; y Minkowski, al definir la esquizofrenia como pérdida del contacto vital con la realidad. Ambas concepciones sitúan la normalidad del lado de la aceptación de un mundo común, mientras que la locura quedaría del lado de su rechazo y de su reconstrucción.
Freud complica este esquema —y lo mejora— al distinguir entre la realidad material y la realidad psíquica, otorgando a esta última un papel central. Desde este punto de vista, tanto el neurótico como el psicótico mantienen una relación conflictiva con la realidad: el primero la rehúye mediante la represión y la fantasía; el segundo la rehúsa y la sustituye por una versión delirante.
Freud añade algo decisivo: la persona normal combina algo de ambas posiciones. No niega la realidad, pero intenta modificarla para hacerla más soportable. Dicho de otro modo, el normal tiene algo de cuerdo y algo de loco. En cierta medida, todos necesitamos cerrar al menos un ojo frente a lo que resulta demasiado doloroso. A muchos les basta con eso; otros, en cambio, se ven empujados a reconstruir una realidad más habitable. Claro que esa operación tiene un precio: es, en cierto modo, poner rumbo hacia la locura, como decía Roberto Iniesta en algunas canciones de Extremoduro.
Esta perspectiva introduce una relativización muy valiosa del concepto de realidad en la experiencia de la locura. Porque, en el fondo, no hay ideas delirantes en sí mismas, sino sujetos que deliran con las ideas más variopintas. Una idea perfectamente ajustada al sentido común —e incluso a la ciencia— puede formar parte de un delirio.
Como advertía François Leuret hace casi dos siglos, resulta imposible distinguir por su sola naturaleza una idea loca de una razonable, pues algunas ideas de los sabios pueden ser tan insensatas como las de los alienados. Esta constatación invita a mirar la locura no como una simple pérdida de realidad, sino como una forma singular —y, a veces, rigurosa— de relación con ella.
- ¿Todos necesitamos defendernos?
A mi modo de ver, con solo dos términos se puede construir toda la psicopatología y toda la terapéutica psíquica: el sujeto y la defensa. Estos dos términos condensan los dos ámbitos esenciales de nuestro quehacer: la ética y la clínica. De la decisión ética de un sujeto —de la intensidad que imprime a su defensa— derivan las estructuras y los tipos clínicos; y deriva también la orientación de la terapéutica: cuánto perturbar esa defensa, o hasta dónde conviene no tocarla.
A muchas personas les cuesta entender cómo algo tan malo como la locura puede ser, al mismo tiempo, la defensa frente a algo aún peor. Para nosotros, sin embargo, esto es casi evidente, incluso cotidiano. Pensemos en una persona llena de obsesiones, rituales y manías, que sufre lo indecible con todo ello, pero que acaba de salir de una unidad de hospitalización en la que ingresó porque unos malvados le estaban friendo la cabeza y destrozando el cuerpo con no se sabe qué ondas raras. Estaba tan angustiado que intentó matarse. Ahora, con sus manías, está aprendiendo —mal que bien— a volver a la vida. En ese sentido hablamos de defensa.
Un autor hoy poco recordado, Paul Federn, sugería que la neurosis es la mejor defensa frente a la psicosis. Esto quiere decir que las fobias, las obsesiones, las somatizaciones y un largo etcétera de invenciones sintomáticas habituales entre la gente corriente se usan —a troche y moche— también por los locos. Solo que a estos no les funcionan ni la mitad de bien y se ven obligados a recurrir a protecciones más intensas, más radicales, a veces francamente chifladas.
Esta idea conecta con representaciones literarias y filosóficas de la locura como vía de escape o refugio, presentes ya en algunos personajes de la tragedia griega y en numerosos narradores de todos los tiempos. El propio Freud la pone en juego en sus primeros escritos de psicopatología cuando, en un caso de confusión alucinatoria, señala que esa mujer «se refugia en la psicosis». A lo largo de su obra, la defensa aparece como una noción dinámica, que articula la clínica y la ética, y que sigue siendo clave tanto para pensar la psicopatología como para entender el funcionamiento psíquico normal.
En última instancia, cabe preguntarse si muchas dificultades actuales no son más que restos de antiguas defensas que, lejos de protegernos ya, han quedado fijadas y actúan como verdaderas trabas en la vida cotidiana.
En este sentido, podemos recordar un refrán bien conocido: «Ojos que no ven, corazón que no siente». Pero todo refrán tiene su envés. En este caso, se trata de un dicho bíblico igualmente célebre: «La verdad os hará libres». Más que una contradicción, lo que aquí se dibuja es una tensión —o, si se prefiere, una dialéctica— entre dos posiciones. El primero protege; el segundo emancipa. Y ambos forman parte de esa condición humana contradictoria, hecha de elementos heterogéneos, como decía Montaigne.
- ¿Todos locos?
La oposición entre locura y razón constituye el fundamento histórico de la psicopatología. Sin embargo, a medida que esta disciplina se desarrolló, esa oposición fue revelando su carácter artificioso. Las categorías derivadas de ella —como la locura razonante o la locura lúcida— muestran, en realidad, una mezcla inevitable entre razón y sinrazón.
Desde una perspectiva filosófica y antropológica, numerosos pensadores han sostenido que entre ambas no hay una relación de exclusión, sino de conjunción. Desde Platón, que vio en la locura una forma de inspiración divina, hasta Aristóteles, que la vinculó al genio melancólico, y Erasmo, que la exaltó como voz crítica y lúcida de la humanidad, se mantiene viva la idea de su fraternidad esencial.
Friedrich Schelling fue quien, a comienzos del siglo XIX, formuló con mayor rotundidad esta concordia al afirmar que la locura es la base misma del entendimiento y la fuerza interior del espíritu. En su pensamiento, la razón no es más que una locura regulada (geregelter Wahnsinn), y la ausencia completa de locura conduce, sin remedio, a la estupidez.
En esta misma línea, Michel Foucault, en Historia de la locura en la época clásica y en El poder psiquiátrico, mostró cómo locura y razón estuvieron antaño entrelazadas y solo se separaron con el surgimiento de la psiquiatría moderna. Cuando la locura se transformó en enfermedad mental, el diálogo entre ambas se interrumpió, y la razón comenzó a hablar en monólogo sobre la locura, convirtiéndola en su objeto silencioso.
Foucault propuso reconstruir esa arqueología del silencio, explorando los modos en que la cultura occidental ha domesticado la locura al reducirla al error o a la furia. Hasta el siglo XVIII, el loco era, ante todo, quien se engañaba; en el XIX, pasó a ser quien manifestaba una fuerza indomable. En ambos casos, la psiquiatría y la psicología trataron de someterla, siguiendo el ideal terapéutico de Pinel, que concebía el tratamiento como el arte de subyugar al alienado bajo la autoridad de un médico investido de poder moral.
Con el desarrollo de la psicología patológica, la distancia entre locura y cordura pareció ampliarse: el loco y el cuerdo comenzaron a dibujarse como habitantes de mundos distintos. A esa contraposición contribuyó, en buena medida, el auge de la semiología clínica moderna.
Sin embargo, incluso en el corazón de esa oposición subsiste una íntima asociación entre locura y razón. Algunos alienistas, como Jules Baillarger, ya advirtieron esa «singular alianza» en la monomanía, donde la sinrazón cohabita con la lucidez. La locura y la realidad, lejos de excluirse, se implican mutuamente: la primera puede ser fuente de conocimiento; la segunda, su límite.
En el fondo, como sugirió Nietzsche en Ecce homo, la enfermedad —la locura— puede ser el camino mismo hacia la razón: «La enfermedad [locura] fue lo que me condujo a la razón».
De modo que, si uno afina un poco la mirada, advierte que esa oposición tajante no se sostiene del todo. Depende, en gran medida, del punto de vista que adoptemos. Si optamos por una perspectiva categorial, discontinua, entonces sí: distinguiremos entre locos y cuerdos, trazaremos fronteras, estableceremos diferencias. Pero si nos situamos en una perspectiva continua, las cosas cambian. Entre el loco más loco y el cuerdo más cuerdo siempre hay una línea posible, un tránsito, una gradación. No hay salto absoluto, sino variaciones de posición.
Y quizá sea ahí donde conviene detenerse. Porque la cuestión no es tanto si todos estamos locos —lo cual sería una simplificación—, sino si todos tenemos algo de locos. Y la respuesta, me parece, no ofrece muchas dudas. Todos participamos, en alguna medida, de esa mezcla. La diferencia no reside en la presencia o ausencia de locura, sino en cómo se organiza, en qué lugar ocupa, en qué efectos produce.
A veces la distinguimos con claridad; otras, pasa desapercibida. Depende de la mirada, de la posición desde la que se observe. Por eso, más que afirmar sin más que «todos locos», quizá convenga formularlo de otra manera, más ajustada y menos rotunda: entre locura y cordura no hay un muro, sino un continuo; y en ese continuo, cada cual encuentra —como puede— su manera de estar en el mundo.
Y es ahí, precisamente, donde cobra todo su sentido la pregunta que ha guiado este recorrido: ¿todos locos?
- Lo uno y lo múltiple. Y vuelta a empezar.
En síntesis, la oposición entre locura y razón está en el origen mismo de la psicopatología moderna. De esa oposición derivan las enfermedades mentales concebidas como entidades independientes, cada una con sus manifestaciones y sus causas. Pero si, en lugar de enfrentarlas, consideramos locura y razón como hermanadas, entonces el loco y el cuerdo comparten un mismo fondo común.
La condición humana participa de ambas: algo de locura y algo de cordura. Todos tenemos algo de locos y algo de cuerdos. Incluso la locura puede favorecer ciertos aspectos de esa condición, como la creación o, paradójicamente, la propia razón.
En cualquier caso, las fronteras entre las supuestas enfermedades son en buena medida arbitrarias y cambian según conveniencias que no siempre son clínicas. A menudo responden a intereses teóricos, institucionales o incluso económicos. De hecho, algunos autores han modificado su punto de vista a lo largo del tiempo respecto al problema de las relaciones entre locura y cordura.
Lacan es un buen ejemplo de ello. A lo largo de su obra ofreció, al menos, cuatro versiones de este asunto. En sus inicios como psiquiatra sostenía que no se vuelve loco quien quiere, sino quien puede. Más adelante afirmó que la locura es una insondable decisión del ser. Años después, formuló que la psicosis depende de que un significante —el Nombre del Padre— funcione o no funcione, lo que implica que la locura no es para todos. Y, ya al final de su enseñanza, sostuvo que todo el mundo es loco, es decir, que todo el mundo delira.
Estas afirmaciones pueden parecer contradictorias, pero todas ellas son verdaderas en su contexto. Cada una ilumina un aspecto distinto de esa relación compleja entre locura y razón. Y, en el fondo, nos dejan ante una alternativa que no tiene solución definitiva: o concebimos la locura y la razón como un continuo, o las pensamos como categorías separadas.
Se trata, en realidad, del viejo problema de lo uno y lo múltiple —o, en nuestros términos, de lo continuo y lo discontinuo—, un dilema que nos acompaña desde hace veinticinco siglos y que hoy tendemos a presentar como posiciones incompatibles, cuando en realidad podrían pensarse como modelos distintos y complementarios. Nada impide servirse de ambos a la vez, como ya hicieron, cada uno a su manera, Platón y otros filósofos de la Antigüedad. Por eso, las discusiones acaloradas sobre si tal persona es psicótica o neurótica suelen decir más de la estrechez de miras de quienes discuten que del problema que pretenden resolver.
Si tuviera que quedarme con una sola perspectiva útil para nuestro trabajo, elegiría la de Freud, en su comentario al ensayo sobre Gradiva, de Wilhelm Jensen: «La frontera entre los estados anímicos llamados normales y los patológicos es en parte convencional y, en lo que resta, tan fluida que probablemente cada uno de nosotros la atraviese varias veces en el curso de un mismo día».
Estas palabras invitan a una cierta prudencia. Si atravesar esa frontera es algo tan frecuente, y aun así insistimos en trazar categorías clínicas —es decir, enfermedades—, quizá convenga reservarlas para los extremos. Como en una distribución gaussiana: para lo que se sitúa en los bordes de la campana, allí donde la probabilidad es menor.
En uno de esos extremos colocaríamos a los locos —o psicóticos— más evidentes y claramente definidos; en el otro, si es que existen, a los cuerdos absolutamente cuerdos. De la inmensa mayoría, en cambio, cabría decir muchas cosas… menos que están locos o que son psicóticos.
- Conclusión
Podríamos decir, entonces, que seguimos girando en torno al mismo eje: la locura y la razón, lo uno y lo múltiple, la continuidad y la discontinuidad. La psicopatología nació de esa tensión entre dos extremos que parecen opuestos, y casi de inmediato surgió una figura que los desmiente: la locura razonante. Porque si algo enseña la clínica —y también la vida— es que nadie está enteramente cuerdo ni enteramente loco. Todos transitamos, más de una vez al día, por esa frontera que Freud llamaba «fluida».
De modo que, si tuviera que quedarme con una sola idea para cerrar, diría que la locura no está al otro lado de la razón, sino dentro de ella. Nos acompaña, la necesitamos y, en ocasiones, incluso nos protege de algo peor. Ahora bien, también sabemos que, en ciertos casos, la locura —la psicosis, la enfermedad mental— resta mucho más de lo que aporta y puede complicar la vida hasta volverla invivible.
Ahí es donde entramos nosotros. Y no siempre estamos a la altura. Entre otras cosas porque palabras como locura, psicosis o enfermedad mental, cuando se ponen de moda, se emplean al tuntún y se abusa de ellas como si no hubiera un mañana. Con ello contribuimos, muchas veces sin querer, a marginar a quienes las padecen y a reforzar su estigmatización. Más vale, en este punto, pecar de prudentes que de insolentes.
Para terminar, quiero enviar mis felicitaciones a los locos que no lo parecen. Los felicito porque, en un mundo tan psicologizado y dado a diagnosticar cualquier cosa, pasar desapercibido es, quizá, una de las formas más inteligentes de estar en él. Tal vez sea también la única que los pone a buen resguardo de nosotros, de nuestras no pocas majaderías y de nuestra terquedad diagnóstica.