Se consulta un psicoanalista por algo que se experimenta como un malestar.
Desazón, inquietud, desasosiego, indisposición, molestia, pesadumbre, el diccionario es generoso en sinónimos de la palabra malestar. Un malestar es cualquier situación que altera la tranquilidad, algo que produce una indisposición, un disgusto, un descontento.
Mi reflexión tendrá como punto de partida el texto de Freud “Malestar en la cultura”, escrito entre 1929 y 1930 en un momento particular de la civilización. Cabe recordar que, en el momento de la escritura del texto, Freud sabia bien que tiempos oscuros se avecinaban para la civilización. Era un momento de crisis financiera en el mundo y de una implantación cada vez más decidida del nazismo. Freud en este texto, según dicen algunos, es pesimista, nosotros diríamos más bien, que una lectura a partir del psicoanálisis, le permitía anticipar lo que iba a suceder.
Freud precisa en su texto que el malestar de los seres humanos es tan insoportable que se buscan desesperadamente soluciones para calmarlo. Freud subraya en particular una búsqueda de respuestas del lado del discurso de la ciencia y de la religión. Como vemos lo que dice Freud en ese texto resuena con lo que atraviesa hoy nuestra civilización.
Podemos decir que las soluciones para calmar el malestar están marcadas por lo singular de cada época, pero esto que Freud subraya, que la búsqueda será del lado de la religión y del lado de la ciencia, sigue intacto y cada vez más actual
Nuestra época, a diferencia de la de Freud, esta caracterizada por la rapidez, por una búsqueda de comprimir el tiempo para comprender y pasar demasiado rápidamente a las soluciones. La ciencia mutó en cientismo, la religión salió de los lugares de rito para mezclarse con la política, se introdujo incluso en algunos despachos presidenciales.
Todo el mundo esta ávido de soluciones. Preciso que soluciones no son invenciones. La solución se espera del Otro, mientras que a las invenciones hay que meterles el hombro, se toman su tiempo, el tiempo de encontrarles la vuelta. Se requiere ingenio, no Un genio, sino INgenio.
Una de las hipótesis de Freud en su texto es que el malestar que sienten los seres hablantes concierne los numerosos obstáculos para alcanzar la felicidad. ¡Qué termino, la felicidad!La felicidad es una gran cuestión para el psicoanálisis, es una palabra extraña, pero la fuerza de lo que nos indica Freud en su texto es que los seres hablantes querrían abolir el malestar, reducirlo a cero y aspiran a ser felices. ¿Y por qué no? Me dirán ustedes.
¿Podemos decir que la infelicidad es una de las razones que lleva a alguien a consultar un psicoanalista?
“Vengo porque soy infeliz”, puede ser una fórmula de un pedido de análisis. O “vengo porque quiero ser feliz”, ahí el pedido se complica. ¿Podemos afirmar que la depresión como gran mal contemporáneo puede ponerse en relación con un cierto empuje a ser feliz y el fracaso para lograrlo?
¿Podemos avanzar que el aburrimiento, la falta de sentido como síntomas contemporáneos pueden ponerse en relación con la infelicidad?
Lacan, lector de Freud, había visto muy bien que hay una compatibilidad entre el discurso capitalista y la promesa de la felicidad. Podemos reducirlo al sintagma: consume y serás feliz. Adquiere objetos y serás feliz, la promesa de un mundo sin falta. La felicidad del tapón a lo que no va, a la división, al cuestionamiento. El discurso capitalista no quiere saber nada del fracaso, ni de la duda, es la razón por la cual la palabra eficacia es la palabra reina.
Constatamos sin embargo que algo insiste, el sufrimiento, lo que no cuadra. ¿Insistirá para siempre? ¿Logrará la maquina aplastante a la cual estamos confrontados hoy obturar el inconsciente? ¿Obturar lo que cojea, es decir, lo singular de lo humano en cada uno?
En una conferencia en los años 70, Lacan lanzó una provocadora formula: “la civilización (…) es la alcantarilla.”[1] Todos esos objetos tan valorados, tan deseados, tan prometidos para asegurar la felicidad de los consumidores, terminan en la alcantarilla, en la basura y entonces hay que cambiarlos por otros. Se trata de la insatisfacción manteniendo la ilusión de la satisfacción.
La búsqueda de una satisfacción del cero conflicto: “confianza en sí mismo”, como todo el mundo se puso a decir. O “estar alineado”, es decir “ser coherente” con lo que se quiere, “con sus objetivos”. Silenciado el conflicto, silenciado el desorden.
¿Su niño es un poco agitado? ¡Se lo reparamos! Un poco de Ritalina y podrá seguir funcionando. ¿Explicar su agitación? No tenemos tiempo, el todo es que haga menos ruido en la escuela. Así, la felicidad es el silencio en el colegio, el silencio en el tren, el silencio en casa.
La promesa de la felicidad
Lacan, siguiendo a Freud, no cesa de recordar que hay una incompatibilidad entre la idea de felicidad y el psicoanálisis. ¿Es un punto problemático para la popularidad del psicoanálisis, el hecho que no haya una promesa de felicidad?
Es un punto que subrayo porque estamos en un momento de la civilización en el que hay un verdadero “mercado de terapias”, de “coaching” y otros avatares terapéuticos, que proponen soluciones rápidas de bienestar.
Podemos incluir la que de pronto se transformará en la reina de las terapeutas, la IA a la que se le pregunta qué hacer en un conflicto amoroso, qué hacer cuando se tiene un problema con su jefe o dificultades con sus hijos. ¿Qué hacer con mi angustia querida IA? Ni siquiera hay que usar la palabra “querida”, no hay que ser amable con ella, me han dicho. Está programada para ser “empática” en sus respuestas. Es decir, te dará siempre la razón, lo cual toma un tinte más que dramático cuando un sujeto con una certeza que se quiere suicidar no encontrará un contradictor, sino un puro razonador lógico que le dará incluso consejos de como hacerlo. Quisiera decirles que no estoy exagerando o vaticinando de manera pesimista. Desgraciadamente ya ha sucedido.
¡Un contradictor! Que suerte que se tiene en la vida cuando se puede uno encontrar con un contradictor. Alguien que nos contra-dice que nos saca de las certezas de lo que creemos estar diciendo. Un contradictor es alguien que puede decir: ¿Estás seguro de lo que estas diciendo? O ¿escuchaste lo que acabaste de decir?
Un contradictor no te deja nadando en la tontería, un contradictor te despierta. Un contradictor no es empático, no te sigue con tu pathos, no te deja ahogarte en tu pathos.
Propongo darle al psicoanalista ese lugar de contradictor, alguien que te contra-dice para que digas de una manera singular. Un contradictor que te invita a decir. Una cita con un psicoanalista implica estar en un espacio-tiempo que no existe en ningún otro contexto. Un espacio-tiempo que hay que experimentar para hacerse una idea de lo que se trata.
Lo tratable y lo intratable
Digamos que, dado que el psicoanálisis no es una terapia como las otras, sino una experiencia, la cuestión central del psicoanálisis es lo intratable y no solo lo tratable. En este punto vamos a avanzar lentamente. No afirmaré que se consulta a un psicoanalista para nosentirse mejor, evidentemente dirigirse a un psicoanalista, esforzarse a decir lo más precisamente posible lo que nos hace sufrir, produce efectos terapéuticos de alivio, de bienestar, pero esa no es la finalidad en sí.
El psicoanálisis va más lejos que los efectos terapéuticos puesto que la cuestión para cada ser hablante es como hacer con lo que llamamos en psicoanálisis un real. Como hacer con algo que no se moverá y con lo que cada uno tiene que desenvolverse porque del golpe de este real que dejó una marca, no se sana nadie.
Es nuestra desgracia en tanto que seres hablantes y es nuestra suerte, porque es de ahí que viene nuestra singularidad
¡Anden a explicarle esto a una IA! Mejor, ni lo intenten, guardemos el secreto de esta complejidad.
De sentirse mejor porque un síntoma se ha calmado a encontrar su manera singular de hacer, estamos hablando de otra cosa. No estoy hablando de resignación, ni de paciencia, estoy hablando de invención. Me refiero a darle la vuelta al síntoma para que a partir de él se invente algo nuevo.
¿Qué quiere decir darle la vuelta al síntoma? Quiere decir que ese tormento que nos hace la vida difícil está ahí por una buena razón. El síntoma es un problema que es una solución. ¡Explíquenle eso a una IA también! Un síntoma es la solución que se crea para responder a eso que llamé hace un rato lo que no se sana, lo incurable. Un síntoma nos hace compañía, así sea una aburrida, pesada o dolorosa compañía.
Nos paseamos “con” nuestro síntoma, el síntoma es un partenaire. Hay seres hablantes que están en tanta dificultad, dado que han encontrado cosas muy difíciles en su historia, que no pueden hacerse ese compañero que es un síntoma, les puedo decir que la pasan muy mal porque están en contacto directo con la brutalidad de la angustia.
No un poco angustiados, sino atravesados por el horror de la angustia que puede producir fenómenos diversos: alucinaciones, depresiones profundas, aislamiento radical. El síntoma es entonces una solución que quiere decir algo y entonces, lo lleva uno a un análisis para ser leído gracias a la presencia del que llamé hace un rato el contradictor, que orienta en la lectura, diciendo algunas cosas, callándose o interrumpiendo la sesión para que el que habla escuche lo que está diciendo. Los que carecen de síntoma utilizarán los encuentros con un analista para construirse una defensa o para inventarse un síntoma más compatible con el lazo social. Los que si tienen síntomas los descifraran, sabrán para que servían y les darán la vuelta para que, en lugar de ser una pérdida de energía, de libido, se vuelvan útiles. Eso es una parte de lo que se hace en un análisis.
Les confió que mi síntoma era la aceleración, los que me conocen aquí un poco, ya me han escuchado hablar de esto, “ahí viene Omaira con su aceleración”. Me lo dijeron tanto, siempre, desde la cuna el discurso que me rodeaba decía: nació acelerada esta niña, y bueno, dediqué una parte de mi vida a darle razón a eso que se dijo de mí y a su complemento torturante: tranquilízate acelerada. Eso se llama un imperativo y más me era dicho, menos yo me tranquilizaba y más me aceleraba. Caer, perder, una máquina de producir angustia.
No les cuento nada excepcional, todos estamos hechos de esos de pedazos de lengua que nos marcaron. ¡Busquen y lo encontrarán! Los que están en análisis en esta sala les tienen un poco de ventaja en la búsqueda. Subrayo que lo más difícil de cernir no es tanto lo que nos dijeron y nos marcó sino cómo fue que respondimos. Yo respondí corriendo cada vez más, angustiada corriendo.
Un paciente me decía hace unos días: mi madre tenía miedo por mí, cuentan que cuando niño no me dejaba caminar, que no me dejó gatear, me decía: ¡te vas a hacer daño! ¡No te muevas! El primer día del jardín infantil, cuando el paciente tenía 4 años, la maestra puso a los niños los unos al lado de los otros y les dijo: cuando diga tres salen todos corriendo. Al final del conteo, todos salieron corriendo y el niño se quedó petrificado, sin saber que hacer. No era que no entendiera la consigna, ¡no se podía mover! Tenía un miedo irracional de hacerse daño, es un miedo que tuvo en diferentes formas en su vida de adulto. Él se movía con dificultad con su miedo a hacerse daño, tanto para subirse a una bicicleta que, para terminar un trabajo universitario, estaba confrontado a lo que él llama un “bloqueo”. Él llegó a pedir un análisis con su bloqueo.
Una niña acelerada, un niño bloqueado. Los dos hacen un análisis. ¿Qué pasa con acelerada y bloqueado? Estos dos sujetos hicieron de esa marca un destino. ¿Había que desacelerar a la acelerada? ¿Y desbloquear al bloqueado? Si seguimos lo que he venido diciendo, no es tan simple.
¿Esto los hacia infelices? Si y no. Es decir, los términos acelerada y bloqueado venían a responder a algo. Y es necesario un cierto tiempo para saber a qué respondían estos síntomas. El tiempo de aislar en el discurso de cada uno que esas palabras dichas en la infancia marcaron algo. Pero no solo eso, lo más difícil de cernir es lo que cada uno hizo con eso que entendió de lo que el Otro decía. Yo escogí hacer de la palabra “acelerada” un reproche que en si no lo es. Es una palabra que usó mi madre para referirse a lo que le pasó en el momento de mi nacimiento porque nací muy rápido.
No hay un causa-efecto en psicoanálisis: le dijeron acelerada y fue acelerada. ¡No! Le dijeron mil cosas, como a todos los niños se les dicen millares de cosas desde su nacimiento y antes de su nacimiento. Y entre todas esas cosas dichas el niño escoge algunas que lo van a marcar ¿Es porque se repiten? No es la única razón, yo diría porque esas palabras “le producen algo”, el cuerpo siempre esta concernido en estos momentos.
¿La acelerada será más feliz no siéndolo? Era mi sueño del comienzo del análisis, transformarme en otra, en una mujer tranquila. ¡Que ingenuidad!
Si decimos que el malestar no se sanará nunca y que hay que encontrarle la vuelta, y que esa vuelta es lo más singular de cada ser hablante. ¿De qué se trata? Que en esa aceleración no todo era nocivo, que había también ahí una relación con lo vivo, con lo intenso. ¿Y entonces como darle la vuelta? Se necesitó un cierto tiempo para reducir, para llegar al hueso y hacer de esa aceleración un trazo, una manera de hacer con un impulso vital. Decir de un trazo, escribir de un trazo, escuchar de un trazo. Después de muchos años de análisis puedo jugar con eso que me torturaba porque se volvió flexible y el sufrimiento que producía la aceleración-angustiada paró de jugar conmigo. Yo hago uso de mi impulso, de lo que pulsa y la vida es mucho más vivible para mí y para los que me rodean. ¡No he dicho feliz! Dije vivible, no está nada mal.
Es importante subrayar que, en psicoanálisis, lo que sirve para un sujeto, no sirve para otro sujeto. Por eso toma tiempo. Es muy exquisito porque siempre sobre medida. Nada de producción en serie. Se necesita un tiempo, lo cual es una de las razones por las cuales el psicoanálisis es atacado en nuestra época. ¿Para qué hacerse preguntas? ¿Para qué desplegar? ¿Para que querer saber?
Este es un punto subversivo del psicoanálisis, darse el tiempo de formularse una pregunta: ¿Y por qué me sucede lo que me sucede? ¿Qué es lo que circula en la historia de mis ascendientes y que pasó por la palabra o por el silencio del secreto de generación en generación? ¿Y qué pasó en mi subjetividad con las experiencias, con los traumas que me encontré en el camino? ¿qué detalle escondido de mi historia da una luz sobre lo que no para de repetirse? Diría que se consulta un psicoanalista para tomarse el tiempo de decir.
El tiempo de decir
La experiencia de un psicoanálisis es la experiencia de la búsqueda de un decir. ¿Cómo decir? Es bastante particular la experiencia de ser escuchado como nunca se ha sido escuchado. No es muy común ser escuchado atentamente, es algo que no sucede muy a menudo. En la vida corriente nadie pregunta: ¿cómo dijo? ¿Qué quiere decir con eso? ¡Es importante lo que acaba de decir…! Es una escucha muy singular la que se encuentra en una sesión de análisis, es una escucha inédita.
Y dado que esta escucha es inédita, se produce un efecto en lo que usted dice, en como lo dice, no solo porque el que esta enfrente no reacciona como todo el mundo, sino que dado que hay silencio, hay pausas, usted mismo escucha como dice lo que dice.
Decir es una búsqueda que es a veces un poco laboriosa, hay que precisar, avanzar, retroceder, estancarse y volver a empezar. Se consulta un psicoanalista porque lo que le sucedió a cada uno es incomparable. Un día de consulta de un psicoanalista es escuchar varias maneras singulares de atravesar la existencia, no hay dos historias iguales, no hay dos vivencias iguales.
Como escuchan, hago una diferencia ente hablar y decir. Siempre se pierde siempre algo cuando se habla, porque todo no se puede decir. Invitar a hablar más y más es la ilusión de que “poniendo todo en palabras” va a desaparecer el sufrimiento. Es un ideal de la felicidad de la comunicación. “Venga a vaciar su bolso lleno de palabras y se sentirá aliviado”. Se trata de una idealización del hablar, olvidando que la palabra es como un molino. Se trata de tomarse en tiempo de decir e ir reduciendo hasta encontrar esa manera de decir que lo aliviará, que lo moverá del lugar en el que estaba, que producirá una pequeña revolución.
La experiencia analítica demuestra que es en la posibilidad de decir lo más precisamente posible lo que nos ha sucedido produce un alivio. ¿Por qué consultar un psicoanalista? Porque la vida no es fácil, porque amar es complicado, porque estar sola o solo a veces es muy árido, porque somos seres hablantes a los que se les ha hablado y entonces vivimos en un malentendido permanente.
Se consulta un psicoanalista porque le hacemos una apuesta a la palabra. Lo que hace sufrir está hecho de palabras y es con palabras con lo que se deshace el sufrimiento. Si empecé hablando de la época en la que estamos viviendo es porque más la civilización ira mal, más necesitaremos espacios de palabra para resguardarnos. La historia de la humanidad da más de un ejemplo de esos que han atravesado experiencias radicales de dolor, de desarraigo, traumas graves y que encontraron recursos en la palabra para no dejar allanar su humanidad.
El psicoanálisis es una experiencia de palabra, es simple y muy complejo a la vez.
[1] Lacan J., Lituraterre Autres Ecrits p. 11