Ya, no hay más pasión que la indiferencia
Antonio Gamoneda
Un hombre pálidamente pulcro, lastimosamente respetable, irremediablemente desamparado, mira melancólicamente el mundo a través de la ventana de un tren. Suena música triste de armónica. Aparece poco después andando solo por la ciudad. Está especialmente delgado y parece triste y desvitalizado, con un aspecto particularmente apagado. Mientras va andando, surge su voz desvalida-voz de flauta- casi balbuceando por teléfono, intentando hablar con una mujer al parecer sobre una oferta de trabajo. La conversación se interrumpe varias veces sin razón aparente; no se sabe muy bien qué pasa, pero no se entienden, la comunicación se corta, se hace definitivamente imposible. Queda claro desde el inicio, que el lenguaje y el Otro son las rocas donde naufragar. Este es el principio de la mejor adaptación cinematográfica realizada sobre el relato de Melville, Bartleby, el escribiente. Una película de 1970 dirigida por Anthony Friedman con un inconmensurable John MacEnery como Bartleby, un Bartleby casi indudable.
Dice el escritor Manuel Vicent, que un gran novelista es aquel que es capaz de crear grandes personajes, personajes únicos, fascinantes, inolvidables, hasta inquietantes, personajes que nos hablan siempre de la verdad que no existe o no encontramos, de lo inconmensurable y enigmático que alberga el alma humana, como si fuera un océano imposible de nombrar. Melville fue un genio y Bartleby, el escribiente, uno de sus grandes personajes, mítico y legendario. Hubo más, el capitán Ahab, Pierre, Benito Cereno y su último y maravilloso Billy Budd, según Borges una obra maestra, para Tomas Mann, el relato más bello jamás escrito.
Bartleby, el escribiente, fue publicado inicialmente en dos entregas, noviembre y diciembre de 1853, en la revista Putman´s Monthly Magazine y es sin duda, ya una obra maestra de madurez del escritor neoyorkino.Melville había escrito antes novelas sobre grandes aventuras con un lenguaje muy poético y elevado, casi bíblico; pero ahora, con Bartleby, todo cambia, forma y fondo, dejando a este extraño hombre encerrado en una simple y vulgar oficina -cual no lo es- entre muros, pegado a paredes ciegas de ladrillo; es la ausencia de cualquier horizonte. Espacio físico entonces como metáfora del alma. Este es el nuevo paisaje de Melville, porque quizás el todo y la nada sean lo mismo. Ni rastro ya del anchuroso mar, de mujeres salvajes o ballenas asesinas, tampoco de bellos cielos estrellados en las noches del océano; con el siniestro Bartleby, nos encontramos con lo más cotidiano y anodino de la vida, pero además habitado, si es que el escribiente podía habitar algo, por una suerte de cadáver viviente que casi nos hace temblar ante su aura espectral.
Resulta imposible no presentar, aunque sea casi telegráficamente, el relato y al personaje. Bartleby es un hombre de aspecto particularmente apagado, que se presenta en un bufete de abogados de Wall Street por un anuncio para una oferta de trabajo. Inmediatamente aceptado, pronto comienza a negarse obstinada y sistemáticamente, a satisfacer cualquier demanda de su jefe con la conocida fórmula de I would prefer not to (preferiría no hacerlo). Primero se niega a cotejar documentos, después prefiere no copiar, y al final nada de nada, ni siquiera hace uso del humano don de la palabra; queda así totalmente parado, en el más absoluto silencio, sosteniéndose a duras penas en la nada y en el vacío, mirando a una pared de ladrillo, a lo Benedetti, empadronado en las provincias del mutismo y los crepúsculos que quedaron ocultos, hasta finalmente, dejarse morir de inanición sin presentar resistencia alguna en la cárcel de Nueva York.
Dice la psicoanalista Vilma Coccoz, casi textualmente, en un artículo en donde relaciona el personaje del escribiente con la subjetividad autista, que Lacan elaboró la dimensión del ser analítico como un discurso sobre la subjetividad que incorporaba la dimensión del inconsciente y que, por tanto, los atolladeros del ser hablante, figurados en los grandes personajes literarios, son una buena ocasión para estudiar esta subjetividad. No parece descabellado entonces, intentar entresacar algunos aspectos de la subjetividad de la segunda mitad del siglo XIX, la que ya anticipa la de la modernidad e hipermodernidad posteriores, a través de Bratleby; una subjetividad la humana, que Melville consideraba un misterio impenetrable, algo oculto a la mirada; no resulta disparatado decimos, acercarse a esta subjetividad, poniendo la mirada en algunos de sus mejores personajes literarios de ficción. Y uno de ellos, sin duda, es Bartleby, el escribiente de Herman Melville.
En este sentido, lo primero que hay que puntualizar, es que no tratamos aquí de demostrar o asegurar hipótesis alguna en relación con Bartleby. Esto no parece posible. Bartleby es un personaje de ficción creado por Herman Melville, y quizás, ni siquiera su creador conociese el secreto de su criatura. Pero en ese personaje inventado, estamos aquí con Lacan, pensamos que podemos extraer ciertos rasgos interesantes de estudiar. Hay que reconocer desde el inicio, que en este sentido, en torno a Bartleby, siempre aparece algo del significante locura. Lo que creó Melville de manera magistral, se parece realmente más a un fantasma que a un hombre, un espectro con cuerpo humano que precisamente por su aspecto y su atmósfera fantasmal, nos impresiona y cautiva. Un fantasma, como un mismísimo fantasma escribe Melville, que quizás podamos identificar, insisto en la duda, con alguno de los rasgos sutiles que caracterizan a esos locos discretos que no lo parecen. La pregunta en definitiva que nos anima y mueve, es: ¿si Bartleby hubiera sido un hombre, que clase de hombre era?
Y para responder a esta cuestión, no es necesario más que rastrear al personaje a través de lo único que nos ofrece Melville: la mirada y las palabras del abogado (narrador); también los silencios del escribiente, un joven mudo casi inerte. Silencios de arena y sal, silencios minerales e inorgánicos, más allá de toda medida humana.
Aunque hay algo en este personaje, como en todo, que se resiste siempre a la interpretación, existen sin embargo muchas lecturas del relato de Melville desde distintos ámbitos del saber. A pesar del innegable interés de autores de talento, como Deleuze o Agamben, no parece que este personaje del escribiente tenga nada que ver con la potencia pura y absoluta o con la resistencia pasiva ante un sistema opresor. No parece nada de esto. Si Bartleby representa alguna forma de rebeldía, no es contra ningún orden social, sino que es una rebeldía contra el significante, contra el orden simbólico, como estabilizador de lo imaginario y lo real.
Compartimos, por tanto, con muchos otros, entre ellos, el filósofo coreano Byung-Chul Han, la posibilidad de una cierta lectura patológica, y en este sentido, la invención freudiana del psicoanálisis nos ofrece posibilidades sin duda más interesantes y enriquecedoras; más relacionadas con la insondable condición humana y con su secreto, ya que, más que de patología o síntomas, quizás estemos hablando de posiciones existenciales ante esto que llamamos vivir.
Según escribe el psicoanalista José María Álvarez en uno de sus textos sobre la denominada locura normalizada, a mediados del siglo XIX, cuando Melville escribió este relato, y cuando empezaba a imponerse la idea de las enfermedades mentales, a los clínicos ya no les pasaba desapercibida la existencia de una forma de locura que se expresaba con signos variados y sutiles, sin la aparatosidad y el estruendo acostumbrados. Según Álvarez, ya en 1861, solo ocho años después de la publicación de Bartleby, Ulisse Trélat, publicaba su La folie lucide, en la que hablaba y describía ya a numerosos locos discretos.
Aunque existen muchos y variados enfoques por parte de la mirada psicoanalítica, podemos hacer una exigente e inevitable reducción en torno a dos posiciones básicas: Bartleby visto como una incógnita que anticipa los signos de la subjetividad y la defensa autística y al Escribiente, como un posible ejemplo de la pasión por el no-ser que caracteriza a la clínica del desierto. Es lo que el escritor Enrique Vila-Matas, denomina la negación del mundo, la atracción negativa o la pasión por la Nada, que caracteriza en general al sujeto postmoderno, fascinado especialmente por su propia desaparición. O lo que el antropólogo David Le Breton denomina con acierto, la tentación, una de las más poderosas por cierto, de desaparecer de si en el vacío, de deshacerse por fin de la existencia, aunque bilógicamente se esté vivo, fuera de toda toponimia, en la blancura, lo denomina así, en la psicosis blanca del que rechaza con radicalidad el mundo. En esto parece que hay cierto acuerdo, en reconocer, que el personaje de Melville, representa el desorden, del que hablaba Lacan, en la juntura más íntima del sentimiento de la vida del sujeto. Parafraseando a la filósofa, Paz López Chaves, Bartleby muestra lo que puede llegar a ser la vida humana, cuando carece de los dispositivos que nos desapegan de la Nada, de tal forma, que el sujeto en esa posición, parece no estar o no existir. Aparece así, como un mero testigo silencioso de la falla constitutiva del ser, algo inquietantemente humano (aunque lo denominemos inhumano) que todos llevamos “dentro” como un inevitable riesgo de abismo. De esto nos habla Melville en este relato, de la fragilidad humana, de la secreta pasión por la inexistencia.
El propio autor del relato, hace decir al narrador, ante el estado lamentable y catatónico de Bartleby, ante sus respuestas apaciblemente cadavéricas y sus silencios repetidos, que el escribiente era víctima de un trastorno innato e incurable. Cómo si se tratase de un fantasma que intenta su materialización en la palabra que no puede, que no alcanza, después de haberse manifestado solo como silencio. Si Melville no quiso escribir sobre un loco y sus sombras, parece que al menos, nos lo presenta como tal. Así opina también Jorge Luis Borges en el prólogo de una de las ediciones del relato; en este breve texto, el autor argentino dice de Ahab y Bartleby, que las “simpatías”, acaso más secretas, entre ambos personajes, están en la locura de ambos protagonistas y en la increíble circunstancia de que contagian esa locura a cuantos los rodean. Una locura, por cierto, que termina llevándolos a la muerte. No debemos olvidar que los dos temas más constantes y recurrentes en la obra de Melville son la soledad y la locura, también el mal.
Bartleby, rechaza radicalmente la dimensión de la palabra y al Otro; su precariedad simbólica es evidente. Parece una suerte de flotante existencial que no se fija a nada. Bartleby está detenido en el aire, clavado en su no-hacer (o preferir no hacer), mirando para siempre un muro, escribe con mucho acierto el filólogo peruano Luis Yslas Prado. Igual que la psicoanalista, Vilma Coccoz, que pone el acento en la distinta posición respecto al orden simbólico, que tienen el narrador y el escribiente, distinta posición que hace del lazo algo imposible. Para Coccoz, Melville sitúa con precisión en su relato, precisamente esta imposibilidad del lazo. La relación fallida entre el abogado y el escribiente, se produce entre alguien que habita el discurso del amo e intenta incorporar a este discurso a un semejante (narrador), y otro, atrincherado en una única frase o en el silencio, que está absolutamente desalojado del discurso común y plantea un rechazo indoblegable a cualquier intento de relación (Bartleby). Y ya sabemos por Lacan, que los discursos son formas de dar sentido a lo Real, y sin ellos, el sujeto-no sujeto que es Bartleby, queda indefenso ante ese Real, queda a cielo abierto. Coccoz observa con lucidez, que este cuento de Melville es en definitiva una pregunta sobre qué es lo que nos hace realmente humanos, respondiendo, que es algo que puede no estar, por estar forcluido, que en definitiva puede faltar: la dimensión simbólica, el discurso.
Desde la otra lectura, la que le relaciona con la cínica del desierto, Bartleby parece presentarse como un individuo sin deseos ni emociones al que el significante no le afecta, la vida ni le roza y su cuerpo, da la sensación de no estar habitado por un sujeto. Probablemente, como defiende el psicoanalista Réginald Blanchet, su cuerpo, y es solo una idea, despojado de su valor fálico, no puede ligarse con el deseo del Otro ni con el Otro del deseo. Da la inhumana e inquietante sensación de no ser nadie, como el hombre sin atributos de Musil. Tal como nos lo describe Melville, parece que en el Escribiente, no existe ninguna consistencia subjetiva, de tal forma que podríamos apuntar a que todo lo que muestra Bartleby, es consecuencia de una falta forclusiva a la que se denomina desierto o, como nomina Jacques Alain-Miller, clínica de la Nada o clínica del vacío.
Desvitalización absoluta, desidia, ausencia, como un pálido busto de escayola describe Melville su aspecto y presencia. Falto en definitiva de cualquier atisbo de impulso vital, quizás podemos utilizar la idea de Jacques Alain-Miller para imaginar que su mal de vivre, pueda ser consecuencia de su enganche a un S1 solitario, que en realidad es un S0, que relaciona al sujeto con un objeto “a” Nada, que en este caso, no actúa como causa de deseo, sino como causa de no-deseo. Bartleby muestra así una decidida resistencia a todo lo que suponga vivir.
En este sentido, pero desde una perspectiva más freudiana, algunos autores han visto en Bartleby un ejemplo del sujeto anómico, recogido narcísicamente, que atrapado por la pulsión de muerte no ha podido transitar libidinalmente desde el autoerotismo hasta el amor de objeto. Ven este “preferiría no hacerlo”, evidencia del desligamiento libidinal con los objetos externos. Para esta interpretación, negarse a hablar, a hacer, a salir, a vivir, este, conmigo- que- no- cuenten, es en definitiva una radical negación de la existencia en sí. Incluso lo que se percibe en este preferiría no hacerlo, son las holofrases, esas frases rígidas y congeladas que el escritor y psicoanalista Ramón Gutiérrez observa que se repiten insistentemente, pero sin dialectizar ni articular nada en una cadena significante; como si precisamente fuera la Nada la que está intentando hablar a través de un cuerpo, como un mero automatismo de frase fuera de la articulación significante y al margen del orden simbólico. Verbalizaciones de “sujetos” desabonados del consenso de la lengua, que no llegan a destino.
En la vida hay ruido y furia, hay dolor y sufrimiento, hay un Otro con su enigmático deseo, su incógnita y su angustia, y hay lenguaje y su violencia y oscuridad, y sujetos, isolatos los denominó Melville, que en una decisión radical y quizás inconsciente, dicen NO a la vida.
Siempre me he preguntado por el misterio de la creación de este extraño personaje a mediados del XIX. Quizás el propio Melville estaba algo loco; son innumerables las opiniones y referencias en este sentido, incluso de su propio entorno, incluso de él mismo; quizás Bartleby no era más que Melville en sus momentos más oscuros de depresión maniaca. Su biógrafo, Andrew Delbanco, apunta a la bipolaridad como causa de sus desequilibrios. Apunta también el novelista Antonio Muñoz Molina, que Melville se pasaba el día entre libros y cosas imposibles, como un Alonso Quijano que no llegaba a dar muestras evidentes de locura, pero al que nadie calificaría de persona normal. Es muy frecuente encontrar entre los estudiosos del escritor neoyorkino y su obra, la mención constante a su posible locura, una locura y una melancolía que no eran además desconocidas en otros miembros de su familia materna. Sin embargo, se ocurre aventurar que quizás Bartleby, en último término, no deba su existencia más a que a un intento de emular a su admirado Hawthorn con el extraño personaje de Wakelfield, creado casi veinte años antes. En cualquier caso, esta cuestión siempre será una incógnita sin resolver porque su autor no dejó dicho ni escrito nada al respecto.
En su oceánica soledad, quizás el escribiente, en el único lugar donde no esté solo del todo sea en la historia de la literatura. Hay otros, son los hermanos de Bartleby. Sin embargo, en comparación con otros personajes con rasgos similares y que por ello pertenecen a un género de literatura que lleva su nombre, Literatura Bartleby, por ejemplo, el Meursault de El extranjero de Camus, Oblomov de Goncharov, los protagonistas sin nombre de la novela de Perec Un hombre que duerme, o el más actual de El Cuarto de Baño de Jean-Phillippe Toussaint, citado por J. A. Miller; a diferencia de estos, que dialogan con otras personas, tienen pensamientos, reflexiones o monólogos interiores, en ocasiones de mucha altura intelectual, es decir, que de alguna manera su autor les ha hecho hablar o pensar o sentir, dando cuenta de la existencia de un sujeto, Melville, al contrario y de forma magistral, le roba totalmente el alma a Bartleby, ya que, en todo el relato, prácticamente no hay ninguna frase más que el “preferiría no hacerlo”; ni una reflexión, ni un sentimiento ni un pensamiento dicho por el propio personaje. Melville lo abandona en la Nada y lo enmudece de tal forma, que en muchas ocasiones, tras las innumerables interpelaciones del abogado, lo que sigue es un silencio escalofriante e incomprensible. Sabemos de Bartleby solo por la mirada del abogado, ya que en el escribiente solo aparece un enorme e insondable vacío. La decisión de no dejar hablar ni pensar ni siquiera moverse a Bartleby, es la más adecuada, porque favorece la cadaverización y lapidificación del personaje. En Bartleby, no hay prácticamente palabras, así que poco o nada se pueden extraer de ellas, simplemente podemos pensar el personaje, desde sus actos y su posición de extremo silencio y de extrema quietud.
Tampoco he podido evitar relacionar siempre al escritor Robert Walser con el personaje de Bartleby. Un ejemplo. Solivitur ambulando. Una noche, atormentado por terribles truenos, voces alucinadas y manos que le estrangulaban, Robert Walser, a las dos de la madrugada, se fue andando desde Berna a Niesen, a orillas del lago Thun, una maratón de 40 km. Por la tarde, también andando, estaba de vuelta en Berna. Si Walser, que tampoco quería ser nada, parece que huía de lo insoportable, andando sin parar para que esto no le alcanzara- decía que si no andaba estaba muerto- Bartleby, que también detectaba probablemente la amenaza del mundo, adoptó otra forma de huir: quedarse recluido en su oficina-ermita como centinela perpetuo en su rincón. Los dos huían de algo como defensa, pero cada uno optó por la solución que mejor le venía, dentro del amplio manual de escapología: uno alejándose, andando sin descanso y el otro escondiéndose, quedándose a su estilo, cadavéricamente quieto. Walser era el indetenible y Bartleby el detenido absoluto.
Cómo conclusión, podemos ver al triste Escribiente de Melville, como uno de los personajes de Pirandello que buscaban a su autor, en este caso, como un organismo humano en busca de un sujeto que lo habite, como una casa vacía en busca de inquilino, algo que le permitiera poseer un cuerpo y una vida, un lazo con el mundo. Porque como dice Javier Gomá, somos contingentes, podemos ser de una manera, o más radicalmente, podemos no ser. Y hay sujetos que eligen esta última opción. Las verdades más profundas e inefables, como ya sabemos, no son nunca visibles ni explicables con las herramientas de la razón y el sentido.
Bartleby surge así como un maestro, un maestro que nos enseña el abismal centro vacío que nos constituye, representa la mirada vacía y loca de las ballenas y todos los animales salvajes, y sin duda, también representa la indiferencia de los terribles océanos que tan bien conocía y reconocía Melville. Pero si el escribiente fue un mar, su oleaje estuvo definitivamente congelado.
Bibliografía
- Borra, A. Lecturas sobre el presente (1): Bartleby el escribiente. Vallejo and company.Publicación digital, 2024
Enrique Gómez Crespo
Ya, no hay más pasión que la indiferencia
Antonio Gamoneda
Un hombre pálidamente pulcro, lastimosamente respetable, irremediablemente desamparado, mira melancólicamente el mundo a través de la ventana de un tren. Suena música triste de armónica. Aparece poco después andando solo por la ciudad. Está especialmente delgado y parece triste y desvitalizado, con un aspecto particularmente apagado. Mientras va andando, surge su voz desvalida-voz de flauta- casi balbuceando por teléfono, intentando hablar con una mujer al parecer sobre una oferta de trabajo. La conversación se interrumpe varias veces sin razón aparente; no se sabe muy bien qué pasa, pero no se entienden, la comunicación se corta, se hace definitivamente imposible. Queda claro desde el inicio, que el lenguaje y el Otro son las rocas donde naufragar. Este es el principio de la mejor adaptación cinematográfica realizada sobre el relato de Melville, Bartleby, el escribiente. Una película de 1970 dirigida por Anthony Friedman con un inconmensurable John MacEnery como Bartleby, un Bartleby casi indudable.
Dice el escritor Manuel Vicent, que un gran novelista es aquel que es capaz de crear grandes personajes, personajes únicos, fascinantes, inolvidables, hasta inquietantes, personajes que nos hablan siempre de la verdad que no existe o no encontramos, de lo inconmensurable y enigmático que alberga el alma humana, como si fuera un océano imposible de nombrar. Melville fue un genio y Bartleby, el escribiente, uno de sus grandes personajes, mítico y legendario. Hubo más, el capitán Ahab, Pierre, Benito Cereno y su último y maravilloso Billy Budd, según Borges una obra maestra, para Tomas Mann, el relato más bello jamás escrito.
Bartleby, el escribiente, fue publicado inicialmente en dos entregas, noviembre y diciembre de 1853, en la revista Putman´s Monthly Magazine y es sin duda, ya una obra maestra de madurez del escritor neoyorkino.Melville había escrito antes novelas sobre grandes aventuras con un lenguaje muy poético y elevado, casi bíblico; pero ahora, con Bartleby, todo cambia, forma y fondo, dejando a este extraño hombre encerrado en una simple y vulgar oficina -cual no lo es- entre muros, pegado a paredes ciegas de ladrillo; es la ausencia de cualquier horizonte. Espacio físico entonces como metáfora del alma. Este es el nuevo paisaje de Melville, porque quizás el todo y la nada sean lo mismo. Ni rastro ya del anchuroso mar, de mujeres salvajes o ballenas asesinas, tampoco de bellos cielos estrellados en las noches del océano; con el siniestro Bartleby, nos encontramos con lo más cotidiano y anodino de la vida, pero además habitado, si es que el escribiente podía habitar algo, por una suerte de cadáver viviente que casi nos hace temblar ante su aura espectral.
Resulta imposible no presentar, aunque sea casi telegráficamente, el relato y al personaje. Bartleby es un hombre de aspecto particularmente apagado, que se presenta en un bufete de abogados de Wall Street por un anuncio para una oferta de trabajo. Inmediatamente aceptado, pronto comienza a negarse obstinada y sistemáticamente, a satisfacer cualquier demanda de su jefe con la conocida fórmula de I would prefer not to (preferiría no hacerlo). Primero se niega a cotejar documentos, después prefiere no copiar, y al final nada de nada, ni siquiera hace uso del humano don de la palabra; queda así totalmente parado, en el más absoluto silencio, sosteniéndose a duras penas en la nada y en el vacío, mirando a una pared de ladrillo, a lo Benedetti, empadronado en las provincias del mutismo y los crepúsculos que quedaron ocultos, hasta finalmente, dejarse morir de inanición sin presentar resistencia alguna en la cárcel de Nueva York.
Dice la psicoanalista Vilma Coccoz, casi textualmente, en un artículo en donde relaciona el personaje del escribiente con la subjetividad autista, que Lacan elaboró la dimensión del ser analítico como un discurso sobre la subjetividad que incorporaba la dimensión del inconsciente y que, por tanto, los atolladeros del ser hablante, figurados en los grandes personajes literarios, son una buena ocasión para estudiar esta subjetividad. No parece descabellado entonces, intentar entresacar algunos aspectos de la subjetividad de la segunda mitad del siglo XIX, la que ya anticipa la de la modernidad e hipermodernidad posteriores, a través de Bratleby; una subjetividad la humana, que Melville consideraba un misterio impenetrable, algo oculto a la mirada; no resulta disparatado decimos, acercarse a esta subjetividad, poniendo la mirada en algunos de sus mejores personajes literarios de ficción. Y uno de ellos, sin duda, es Bartleby, el escribiente de Herman Melville.
En este sentido, lo primero que hay que puntualizar, es que no tratamos aquí de demostrar o asegurar hipótesis alguna en relación con Bartleby. Esto no parece posible. Bartleby es un personaje de ficción creado por Herman Melville, y quizás, ni siquiera su creador conociese el secreto de su criatura. Pero en ese personaje inventado, estamos aquí con Lacan, pensamos que podemos extraer ciertos rasgos interesantes de estudiar. Hay que reconocer desde el inicio, que en este sentido, en torno a Bartleby, siempre aparece algo del significante locura. Lo que creó Melville de manera magistral, se parece realmente más a un fantasma que a un hombre, un espectro con cuerpo humano que precisamente por su aspecto y su atmósfera fantasmal, nos impresiona y cautiva. Un fantasma, como un mismísimo fantasma escribe Melville, que quizás podamos identificar, insisto en la duda, con alguno de los rasgos sutiles que caracterizan a esos locos discretos que no lo parecen. La pregunta en definitiva que nos anima y mueve, es: ¿si Bartleby hubiera sido un hombre, que clase de hombre era?
Y para responder a esta cuestión, no es necesario más que rastrear al personaje a través de lo único que nos ofrece Melville: la mirada y las palabras del abogado (narrador); también los silencios del escribiente, un joven mudo casi inerte. Silencios de arena y sal, silencios minerales e inorgánicos, más allá de toda medida humana.
Aunque hay algo en este personaje, como en todo, que se resiste siempre a la interpretación, existen sin embargo muchas lecturas del relato de Melville desde distintos ámbitos del saber. A pesar del innegable interés de autores de talento, como Deleuze o Agamben, no parece que este personaje del escribiente tenga nada que ver con la potencia pura y absoluta o con la resistencia pasiva ante un sistema opresor. No parece nada de esto. Si Bartleby representa alguna forma de rebeldía, no es contra ningún orden social, sino que es una rebeldía contra el significante, contra el orden simbólico, como estabilizador de lo imaginario y lo real.
Compartimos, por tanto, con muchos otros, entre ellos, el filósofo coreano Byung-Chul Han, la posibilidad de una cierta lectura patológica, y en este sentido, la invención freudiana del psicoanálisis nos ofrece posibilidades sin duda más interesantes y enriquecedoras; más relacionadas con la insondable condición humana y con su secreto, ya que, más que de patología o síntomas, quizás estemos hablando de posiciones existenciales ante esto que llamamos vivir.
Según escribe el psicoanalista José María Álvarez en uno de sus textos sobre la denominada locura normalizada, a mediados del siglo XIX, cuando Melville escribió este relato, y cuando empezaba a imponerse la idea de las enfermedades mentales, a los clínicos ya no les pasaba desapercibida la existencia de una forma de locura que se expresaba con signos variados y sutiles, sin la aparatosidad y el estruendo acostumbrados. Según Álvarez, ya en 1861, solo ocho años después de la publicación de Bartleby, Ulisse Trélat, publicaba su La folie lucide, en la que hablaba y describía ya a numerosos locos discretos.
Aunque existen muchos y variados enfoques por parte de la mirada psicoanalítica, podemos hacer una exigente e inevitable reducción en torno a dos posiciones básicas: Bartleby visto como una incógnita que anticipa los signos de la subjetividad y la defensa autística y al Escribiente, como un posible ejemplo de la pasión por el no-ser que caracteriza a la clínica del desierto. Es lo que el escritor Enrique Vila-Matas, denomina la negación del mundo, la atracción negativa o la pasión por la Nada, que caracteriza en general al sujeto postmoderno, fascinado especialmente por su propia desaparición. O lo que el antropólogo David Le Breton denomina con acierto, la tentación, una de las más poderosas por cierto, de desaparecer de si en el vacío, de deshacerse por fin de la existencia, aunque bilógicamente se esté vivo, fuera de toda toponimia, en la blancura, lo denomina así, en la psicosis blanca del que rechaza con radicalidad el mundo. En esto parece que hay cierto acuerdo, en reconocer, que el personaje de Melville, representa el desorden, del que hablaba Lacan, en la juntura más íntima del sentimiento de la vida del sujeto. Parafraseando a la filósofa, Paz López Chaves, Bartleby muestra lo que puede llegar a ser la vida humana, cuando carece de los dispositivos que nos desapegan de la Nada, de tal forma, que el sujeto en esa posición, parece no estar o no existir. Aparece así, como un mero testigo silencioso de la falla constitutiva del ser, algo inquietantemente humano (aunque lo denominemos inhumano) que todos llevamos “dentro” como un inevitable riesgo de abismo. De esto nos habla Melville en este relato, de la fragilidad humana, de la secreta pasión por la inexistencia.
El propio autor del relato, hace decir al narrador, ante el estado lamentable y catatónico de Bartleby, ante sus respuestas apaciblemente cadavéricas y sus silencios repetidos, que el escribiente era víctima de un trastorno innato e incurable. Cómo si se tratase de un fantasma que intenta su materialización en la palabra que no puede, que no alcanza, después de haberse manifestado solo como silencio. Si Melville no quiso escribir sobre un loco y sus sombras, parece que al menos, nos lo presenta como tal. Así opina también Jorge Luis Borges en el prólogo de una de las ediciones del relato; en este breve texto, el autor argentino dice de Ahab y Bartleby, que las “simpatías”, acaso más secretas, entre ambos personajes, están en la locura de ambos protagonistas y en la increíble circunstancia de que contagian esa locura a cuantos los rodean. Una locura, por cierto, que termina llevándolos a la muerte. No debemos olvidar que los dos temas más constantes y recurrentes en la obra de Melville son la soledad y la locura, también el mal.
Bartleby, rechaza radicalmente la dimensión de la palabra y al Otro; su precariedad simbólica es evidente. Parece una suerte de flotante existencial que no se fija a nada. Bartleby está detenido en el aire, clavado en su no-hacer (o preferir no hacer), mirando para siempre un muro, escribe con mucho acierto el filólogo peruano Luis Yslas Prado. Igual que la psicoanalista, Vilma Coccoz, que pone el acento en la distinta posición respecto al orden simbólico, que tienen el narrador y el escribiente, distinta posición que hace del lazo algo imposible. Para Coccoz, Melville sitúa con precisión en su relato, precisamente esta imposibilidad del lazo. La relación fallida entre el abogado y el escribiente, se produce entre alguien que habita el discurso del amo e intenta incorporar a este discurso a un semejante (narrador), y otro, atrincherado en una única frase o en el silencio, que está absolutamente desalojado del discurso común y plantea un rechazo indoblegable a cualquier intento de relación (Bartleby). Y ya sabemos por Lacan, que los discursos son formas de dar sentido a lo Real, y sin ellos, el sujeto-no sujeto que es Bartleby, queda indefenso ante ese Real, queda a cielo abierto. Coccoz observa con lucidez, que este cuento de Melville es en definitiva una pregunta sobre qué es lo que nos hace realmente humanos, respondiendo, que es algo que puede no estar, por estar forcluido, que en definitiva puede faltar: la dimensión simbólica, el discurso.
Desde la otra lectura, la que le relaciona con la cínica del desierto, Bartleby parece presentarse como un individuo sin deseos ni emociones al que el significante no le afecta, la vida ni le roza y su cuerpo, da la sensación de no estar habitado por un sujeto. Probablemente, como defiende el psicoanalista Réginald Blanchet, su cuerpo, y es solo una idea, despojado de su valor fálico, no puede ligarse con el deseo del Otro ni con el Otro del deseo. Da la inhumana e inquietante sensación de no ser nadie, como el hombre sin atributos de Musil. Tal como nos lo describe Melville, parece que en el Escribiente, no existe ninguna consistencia subjetiva, de tal forma que podríamos apuntar a que todo lo que muestra Bartleby, es consecuencia de una falta forclusiva a la que se denomina desierto o, como nomina Jacques Alain-Miller, clínica de la Nada o clínica del vacío.
Desvitalización absoluta, desidia, ausencia, como un pálido busto de escayola describe Melville su aspecto y presencia. Falto en definitiva de cualquier atisbo de impulso vital, quizás podemos utilizar la idea de Jacques Alain-Miller para imaginar que su mal de vivre, pueda ser consecuencia de su enganche a un S1 solitario, que en realidad es un S0, que relaciona al sujeto con un objeto “a” Nada, que en este caso, no actúa como causa de deseo, sino como causa de no-deseo. Bartleby muestra así una decidida resistencia a todo lo que suponga vivir.
En este sentido, pero desde una perspectiva más freudiana, algunos autores han visto en Bartleby un ejemplo del sujeto anómico, recogido narcísicamente, que atrapado por la pulsión de muerte no ha podido transitar libidinalmente desde el autoerotismo hasta el amor de objeto. Ven este “preferiría no hacerlo”, evidencia del desligamiento libidinal con los objetos externos. Para esta interpretación, negarse a hablar, a hacer, a salir, a vivir, este, conmigo- que- no- cuenten, es en definitiva una radical negación de la existencia en sí. Incluso lo que se percibe en este preferiría no hacerlo, son las holofrases, esas frases rígidas y congeladas que el escritor y psicoanalista Ramón Gutiérrez observa que se repiten insistentemente, pero sin dialectizar ni articular nada en una cadena significante; como si precisamente fuera la Nada la que está intentando hablar a través de un cuerpo, como un mero automatismo de frase fuera de la articulación significante y al margen del orden simbólico. Verbalizaciones de “sujetos” desabonados del consenso de la lengua, que no llegan a destino.
En la vida hay ruido y furia, hay dolor y sufrimiento, hay un Otro con su enigmático deseo, su incógnita y su angustia, y hay lenguaje y su violencia y oscuridad, y sujetos, isolatos los denominó Melville, que en una decisión radical y quizás inconsciente, dicen NO a la vida.
Siempre me he preguntado por el misterio de la creación de este extraño personaje a mediados del XIX. Quizás el propio Melville estaba algo loco; son innumerables las opiniones y referencias en este sentido, incluso de su propio entorno, incluso de él mismo; quizás Bartleby no era más que Melville en sus momentos más oscuros de depresión maniaca. Su biógrafo, Andrew Delbanco, apunta a la bipolaridad como causa de sus desequilibrios. Apunta también el novelista Antonio Muñoz Molina, que Melville se pasaba el día entre libros y cosas imposibles, como un Alonso Quijano que no llegaba a dar muestras evidentes de locura, pero al que nadie calificaría de persona normal. Es muy frecuente encontrar entre los estudiosos del escritor neoyorkino y su obra, la mención constante a su posible locura, una locura y una melancolía que no eran además desconocidas en otros miembros de su familia materna. Sin embargo, se ocurre aventurar que quizás Bartleby, en último término, no deba su existencia más a que a un intento de emular a su admirado Hawthorn con el extraño personaje de Wakelfield, creado casi veinte años antes. En cualquier caso, esta cuestión siempre será una incógnita sin resolver porque su autor no dejó dicho ni escrito nada al respecto.
En su oceánica soledad, quizás el escribiente, en el único lugar donde no esté solo del todo sea en la historia de la literatura. Hay otros, son los hermanos de Bartleby. Sin embargo, en comparación con otros personajes con rasgos similares y que por ello pertenecen a un género de literatura que lleva su nombre, Literatura Bartleby, por ejemplo, el Meursault de El extranjero de Camus, Oblomov de Goncharov, los protagonistas sin nombre de la novela de Perec Un hombre que duerme, o el más actual de El Cuarto de Baño de Jean-Phillippe Toussaint, citado por J. A. Miller; a diferencia de estos, que dialogan con otras personas, tienen pensamientos, reflexiones o monólogos interiores, en ocasiones de mucha altura intelectual, es decir, que de alguna manera su autor les ha hecho hablar o pensar o sentir, dando cuenta de la existencia de un sujeto, Melville, al contrario y de forma magistral, le roba totalmente el alma a Bartleby, ya que, en todo el relato, prácticamente no hay ninguna frase más que el “preferiría no hacerlo”; ni una reflexión, ni un sentimiento ni un pensamiento dicho por el propio personaje. Melville lo abandona en la Nada y lo enmudece de tal forma, que en muchas ocasiones, tras las innumerables interpelaciones del abogado, lo que sigue es un silencio escalofriante e incomprensible. Sabemos de Bartleby solo por la mirada del abogado, ya que en el escribiente solo aparece un enorme e insondable vacío. La decisión de no dejar hablar ni pensar ni siquiera moverse a Bartleby, es la más adecuada, porque favorece la cadaverización y lapidificación del personaje. En Bartleby, no hay prácticamente palabras, así que poco o nada se pueden extraer de ellas, simplemente podemos pensar el personaje, desde sus actos y su posición de extremo silencio y de extrema quietud.
Tampoco he podido evitar relacionar siempre al escritor Robert Walser con el personaje de Bartleby. Un ejemplo. Solivitur ambulando. Una noche, atormentado por terribles truenos, voces alucinadas y manos que le estrangulaban, Robert Walser, a las dos de la madrugada, se fue andando desde Berna a Niesen, a orillas del lago Thun, una maratón de 40 km. Por la tarde, también andando, estaba de vuelta en Berna. Si Walser, que tampoco quería ser nada, parece que huía de lo insoportable, andando sin parar para que esto no le alcanzara- decía que si no andaba estaba muerto- Bartleby, que también detectaba probablemente la amenaza del mundo, adoptó otra forma de huir: quedarse recluido en su oficina-ermita como centinela perpetuo en su rincón. Los dos huían de algo como defensa, pero cada uno optó por la solución que mejor le venía, dentro del amplio manual de escapología: uno alejándose, andando sin descanso y el otro escondiéndose, quedándose a su estilo, cadavéricamente quieto. Walser era el indetenible y Bartleby el detenido absoluto.
Cómo conclusión, podemos ver al triste Escribiente de Melville, como uno de los personajes de Pirandello que buscaban a su autor, en este caso, como un organismo humano en busca de un sujeto que lo habite, como una casa vacía en busca de inquilino, algo que le permitiera poseer un cuerpo y una vida, un lazo con el mundo. Porque como dice Javier Gomá, somos contingentes, podemos ser de una manera, o más radicalmente, podemos no ser. Y hay sujetos que eligen esta última opción. Las verdades más profundas e inefables, como ya sabemos, no son nunca visibles ni explicables con las herramientas de la razón y el sentido.
Bartleby surge así como un maestro, un maestro que nos enseña el abismal centro vacío que nos constituye, representa la mirada vacía y loca de las ballenas y todos los animales salvajes, y sin duda, también representa la indiferencia de los terribles océanos que tan bien conocía y reconocía Melville. Pero si el escribiente fue un mar, su oleaje estuvo definitivamente congelado.
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