Análisis 39,  Jesús Pol,  Suso Pol

La palabra y Alejandra Pizarnik

Suso Pol

Exordio

Después de horas de lectura no me voy a resistir; El texto que pretendo presentar está escrito con el eco de palabras cuyas letras están borradas de la memoria. No sé por qué elegí a Alejandra, ni este título tras el cual ahora solo hay un desierto que espero atravesar al ritmo de insignificantes letras que marquen el camino. He buscado en sus poemas, cuentos, diarios… Y lo único que encuentro son palabras, palabras que respiran, palabras que cantan, palabras que sufren y bailan, palabras que se resisten a ser engullidas por esa oscura y sedienta nada que acecha desde cada hoja de su obra. La palabra y Alejandra Pizarnik mantienen un pacto imposible, un lazo diabólico en el que la belleza asoma en versos que no dejan de pelearse con el lenguaje. Una poeta maldita.

En una entrevista que Martha Isabel Moia hace a Pizarnik en 1972, esta le recuerda un de sus poemas que dice “mi oficio es conjurar y exorcizar”, a lo que la poeta responde: “Entre otras cosas escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea, para alejar Lo Malo (Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”.

El psicoanalista francés J. A. Miller dice en su texto Ironía:  “Todos nuestros discursos solo son defensas contra lo real”. La lucha del ser hablante para mantenerse a flote en el Universo de la palabra. Poeta maldita que conjura y exorciza de manera infatigablemente intensa.

Parte primera: Alejandra Pizarnik

alejandra alejandra

Debajo estoy yo

alejandra.

Nombre apuntalado en verso, versos para lograr una consistencia que se escurre en una vida frenética, excesiva. Versos para taponar una herida empeñada en seguir sangrando pese a las diferentes curas.

Flora Alejandra Pizarnik nace en 1936 en una ciudad iluminada por el tango y el ajetreo de la inmigración. Una ciudad floreciente cargada de oportunidades y contrastes. Así la define Pizarnik “Buenos Aires es como un costurero de una modista que trabaja en su profesión desde hace unos treinta años. Cada vez que intenta hallar el hilo dorado, se lastima irremediablemente con infinidad de alfileres de cuya existencia no se percató”

Sus padres, Rosa y Elías, una pareja judeo-ucraniana llegan a la ciudad en 1934 huyendo del fascismo y del estalinismo, algo que no pudo hacer casi todo el resto de la familia que, a excepción de dos hermanos del padre que huyeron a Francia, murieron en Ucrania en la devastación que asolaba a Europa por aquel entonces. Flora Alejandra es la segunda hija de este matrimonio que sabrá reponerse y asentarse para dar una estabilidad económica a la familia. Si seguimos sus palabras, esta estabilidad no fue suficiente para que la oscura sombra melancólica no se cerniera sobre ella desde la infancia.

“Insomnio dedicado a la infancia. Tan lejana. Infancia lamentable, rota, como una buhardilla llena de ratones y de carbón inútil. He intentado rescatar un solo recuerdo hermoso pero no lo he conseguido. Todo lo contrario, a medida que me alejo en el tiempo me veo más desdichada, en dificultades con la gente, hastiada “niña falsa y enferma de los suburbios tenebrosos”.

Sus demonios empezaban a aflorar proyectados en la imagen que le devolvía el espejo, un cuerpo marcado por la gordura y el acné al que se le sumaba cierta tartamudez.

“Mi dependencia de mi cuerpo es la más grande. No es de mi cuerpo sino de mi hambre, de mis labios: mis labios exigen, no son míos, son dos entidades independientes, voraces, jamás calmadas: comida, cigarrillos, agua, litros de agua, océanos, ríos, mis labios jamás se calman, quieren contactos extraños, quieren apoderarse del mundo”.

Una muestra del exceso desatado, con el que siempre convivirá Alejandra. Un remedio de la época para la obesidad eran las anfetaminas, será el primero de muchos remedios con los que la poeta intentó paliar los sufrimientos a los que se enfrentaba. No tardó tampoco en descubrir que en la literatura podía haber un refugio al que sus demonios no podían acceder. Rimbaud, Joyce, Lautremont, Kafka, Dostoievski, Quevedo, Cervantes…y un largo etc. Con ello forma un universo paralelo donde asentar un mundo que le permita crear, quizás sea ese su mundo.

Dice que una carta a su analista León Ostrov:

“Simplemente no soy de este mundo…

yo habito con frenesí la luna…No tengo miedo de morir,

tengo miedo de esta tierra ajena,

agresiva…No puedo pensar en las cosas concretas; no me

Interesan…Yo no sé hablar como todos. Mis palabras suenan

extrañas y vienen de lejos de

donde no es, de los encuentros con nadie…que haré cuando me

sumerja en mis mundos

fantásticos y no pueda ascender?

Porque alguna vez va a tener que

suceder. Me iré y no sabré volver.

Es más, no sabré siquiera que hay

Un “saber volver”. Ni lo querré acaso.”

En 1954 ingresó en la facultad de Filosofía y letras de Buenos Aires para cursar la carrera de Filosofía que abandonó por la de Letras, esta también acabó dejándola. Dice en sus diarios: “Temor de estudiar gramática. Temor de apoderarse del concepto y destruir el fondo, que es lo que más quiero pues soy yo misma”.

Desde los 17 años tiene claro que quiere ser escritora y triunfar. Con 19 años escribe su primer libro La tierra más ajena. Un año antes empieza a escribir sus diarios, según la editora, el corpus de la obra (el diario) de Alejandra Pizarnik conservada en la  Universidad de Princeton consta de un total de treinta documentos: diez libretas, o cuadernillos como ella los llamaba, catorce cuadernos y seis textos mecanografiados además de varias hojas sueltas y grapadas de diferentes períodos. Toda ella forma una obra en la que su personaje se retuerce y muta a la deriva de unas páginas que no dejan de afinar su punzante pluma. Según Marcelo Percia, Alejandra ofrece sus diarios como lugar de experimentación de ella misma en el lenguaje, como espacio para pensarse en relación a sus lecturas y como demora para anotar lo que siente. Hasta el final no deja de preguntarse por el deseo, el amor, la angustia, la soledad. Cada vez intenta nombrar lo que no puede decir.

Consigue irse a París en 1960 y con la ayuda de sus padres y pequeños trabajos consigue permanecer allí durante 4 años. Tampoco será para ella la tierra prometida, pero si le permitirá perfeccionar su obra poética. Allí conocerá a Cortázar, Octavio Paz, Simone de Beauvoir, Margarite Duras. La enfermedad del padre la llevará de vuelta a Buenos Aires y empezará una deriva en la que no encontrá un ancla que la frene.

Parte segunda: La palabra

“Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el

Tejado y las palabras no guarecen, yo hablo”.

El registro simbólico se resquebraja, no guarece, las fisuras se sienten en un cuerpo fragmentado y torturado que se desangra como las víctimas de la Condesa Sangrienta. Alejandra enhebra un fino hilo en la palabra para suplir con puntadas finas y precisas la falla que la lleva al desamparo.

Creo que la única morada posible

Para el poeta es la palabra.

Me oculto del lenguaje dentro del

Lenguaje.

Sin embargo, existe en mí una

Sospecha de que lo esencial es

Indecible.

Con el humo de sus cigarros deslizándose entre las lámparas encendidas de pequeños cuartos, a altas horas de la madrugada y con energía desenfrenada, posa las palabras en sus cuadernos, pizarras y trozos de papal, los rompe y reconstruye, escribe y borra retorciendo los significantes durante horas para intentar atrapar la palabra exacta que siempre se escapa en la orilla de un mar insaciable.

Dice en la palabra que sana:

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además otra cosa.”

Alejandra quiere ir más allá, lleva la lucha al terreno del lenguaje, se resiste a su dominio, no sin consecuencias. Extracción de la piedra de la locura es una muestra de ello. Arremete en sus poemas sabiendo que es una batalla perdida. Dice en sus diarios

“Mi estilo es o será, por fuerza, artificioso. A causa del vacío, a causa de tu imposibilidad de apoderarte del lenguaje. El lenguaje me es ajeno. Esta es mi enfermedad. Una confusa y disimulada afasia (…) El lenguaje es un desafío para mí, un muro, algo que me expulsa, que me deja fuera. Nunca he pensado con frases, Apenas unas pocas palabras que zumban desde la infancia.”

Dice el gran psicoanalista francés J. Lacan, “en la perspectiva freudiana, el hombre es el sujeto capturado y torturado por el lenguaje”.  Alejandra Pizarnik se resiste con todas sus fuerzas y con ello logra una obra fascinante, con una belleza oscura y profunda, con unos versos que atraviesan los poros de la piel y recorren el cuerpo como pequeños escalofríos. Ella lo tenía claro, lo dice en sus diarios en 1971, un año antes de su trágico final: El arma del poeta es la locura.

Epílogo

“Ahora sé que siempre haré poemas. Y sé –qué extraño- que seré la más grande poeta en lengua Castellana. Esto que me digo es locura. Pero también promesa. A otros de ser feliz. Yo quiero la gloria, mejor dicho, la venganza contra los ojos ajenos”.

A lo largo de su vida publicó La tierra más ajena en 1955, al que siguieron La última inocencia, en 1956, y Las aventuras perdidas en 1958. De su época de Paris es Árbol de Diana (1962) prologado por Octavio Paz. En su vuelta a Buenos Aires publica sus obras más conocidas: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971). Además escribió el ensayo sobre la condesa Bathory titulada La condesa sangrienta, alguna obra de teatro, sus Diarios y artículos en diferentes revistas. Diría que una obra muy extensa para los 36 años que duró su vida. Cumplió, siempre hizo poemas, aunque en los diarios se lamenta mucho de no escribir algo mayor quizás en prosa. Algunos de sus libros tuvieron un éxito considerable, pero no el suficiente para alcanzar su locura, ser la más grande poeta de lengua Castellana. Sus versos reparaban, pero quizás no fueron suficientes para abrochar la herida fundamental, no alcanzó la gloria que ansiaba, o por lo menos no en vida, porque su obra sigue creciendo, aún se estudia, hoy hablamos de ella y sus versos… Juzguen ustedes, termino con algunos de ellos.

Cenizas

Hemos dicho palabras,

Palabras para despertar muertos,

Palabras para hacer un fuego,

Palabras donde poder sentarnos

 y sonreír.

Hemos creado el sermón

Del pájaro y del mar,

El sermón del agua,

El sermón del amor.

Nos hemos arrodillado

y adorado frases extensas

como el suspiro de la estrella,

frases como olas,

frases como alas.

Hemos inventado nuevos nombres

Para el viento y para la risa,

Para la mirada y sus terribles

caminos

Bibliografía:

Lacan, J. (2017). Seminario 3. Las Psicosis. Paidos

Miller, J.A. (1988). Ironía. Conferencia de apertura del V Encuentro Internacional del Csampo Freudiano en Buenos Aires.

Percia, M. (2008). Alejandra Pizarnik, maestra del psicoanálisis. Alción Editora.

Pizarnik, A. (2024). Diarios. Lumen

Pizarnik, A. (2022). La condesa sangrienta. Libros del zorro rojo.

Pizarnik, A. (2016). La extracción de la piedra de la locura. Colección visor de poesía.

Pizarnik, A. (1975). El deseo de la palabra. OCNNOS