Análisis 39,  María del Carmen Reguilón

EXPERIENCIA EN UN CENTRO DE MENORES: ADOLESCENCIA, CLÍNICA Y DELINCUENCIA

María del Carmen Reguilón Domínguez

“La adolescencia es, ante todo, el momento de una ruptura subjetiva donde el joven debe inventar una respuesta propia allí donde el saber del Otro ya no le sirve”. Alexandre Stevens

La adolescencia y el declive de la función paterna

El adolescente fluctúa y cambia al ritmo de las épocas y las sociedades. Sabemos que el joven de hoy no es el de ayer, ni será el del futuro. La adolescencia es un pasaje temporal que abarca desde la niñez hasta la edad adulta. Esta transición se caracteriza por una desidentificación de las figuras de autoridad; un desasimiento de las primeras figuras de identificación para adquirir cierta autonomía frente a ellas. De ahí la llamada «crisis de la adolescencia», que marca el inicio de un proceso cuyo resultado final es la separación del Otro.

El problema de nuestra época reside en el propio proceso de identificación, una encrucijada que se traduce en una pregunta: ¿Identificarme, pero con quién, si el Otro no existe? Se dice que el Otro —el PADRE y sus representantes (tutores, maestros, etc.)— ya no encarna las figuras de autoridad e identificación que representó décadas atrás. Nuestra era se caracteriza por la fragilidad de los ideales, hasta el punto de preguntarnos si estos aún persisten. La relativización o el declive de la función paterna tiene consecuencias directas en la estructuración psíquica individual del adolescente y, por ende, en la clínica.

Las marcas de una época definida por el declive de los ideales se manifiestan en el adolescente actual a través de nuevas formas de sufrimiento. Esto resulta quizás más llamativo en aquel joven cuya desorientación deriva en la comisión de un delito; un acto que lo priva de su libertad, pero que, paradójicamente, le brinda una estructura u orientación.

El joven infractor de hoy: clínica y delincuencia

Es un hecho que el joven infractor de hoy difiere del de ayer. Los profesionales veteranos con los que conversé durante mis tres años de trabajo en el centro de menores así lo constatan. Confirman que las modificaciones en el marco legal —que enfatizan la defensa y los derechos de los menores— han propiciado cambios sociales que facilitan la emergencia de un nuevo perfil de infractor. En la población que nos ocupa, se evidencia una transformación que apunta a lo ya mencionado: las marcas del declive de los ideales en la era del goce y la globalización. Esta filosofía de vida está orientada al consumo excesivo, la inmediatez, la cultura del «tener» y el goce obsceno.

Los cambios en la clínica del adolescente guardan una estrecha correlación con las transformaciones en el perfil del joven infractor. Durante mi experiencia profesional como psicóloga clínica responsable de la unidad de jóvenes con medidas terapéuticas en un centro de internamiento, he podido extraer las siguientes conclusiones sobre la evolución del sector en las últimas décadas:

  • Menor edad: los menores infractores son cada vez más jóvenes.
  • Género: se ha registrado un aumento significativo en el número de mujeres en comparación con décadas pasadas.
  • Nuevas tipologías delictivas: han aparecido nuevos delitos asociados a las tecnologías de la información, tales como el acoso sexual a través de redes sociales o las extorsiones por estos medios.
  • Cambio en el delito representativo: la naturaleza del delito predominante ha evolucionado. Si bien antes los robos y hurtos eran los más frecuentes —y lo siguen siendo—, ha emergido con fuerza la violencia intrafamiliar, un fenómeno anteriormente aislado. Esta violencia se manifiesta generalmente del menor hacia su progenitora. En estos casos, se evidencia la carencia de una figura de autoridad de referencia: padres ausentes, progenitores que no legitiman a sus hijos, fallecimientos no elaborados o un fracaso generalizado en la asunción de la posición de autoridad.
  • La función del delito: también se observan modificaciones en el propósito del acto delictivo. Ante la pregunta «¿Para qué el delito?», la respuesta habitual de los jóvenes suele ser el «no saber», lo cual representa el síntoma actual de la adolescencia: la desorientación. En los casos donde hay una respuesta, ese saber está dirigido por el ideal del goce y del consumo; es decir, «por poder», «por dinero para consumir más» o «porque me ponen normas y no puedo hacer lo que me da la gana». En definitiva, la transgresión de la ley parece responder a que esta es percibida como un límite al goce particular. Así, la función del delito se contesta con el síntoma de la época: gozar más.
  • Consumo de sustancias: en cuanto al consumo de drogas, se identifican cambios significativos tanto en las sustancias elegidas como en los patrones de uso. Si bien el cannabis ha sido la droga más consumida, se observa un viraje hacia consumos poli adictivos o vinculados a la búsqueda de una desinhibición inmediata.

El delito como síntoma

Las instituciones dedicadas a la rehabilitación y prevención de la reincidencia delictiva juvenil buscan identificar los factores que obstaculizan la integración social de los menores. En este sentido, los modelos teóricos que sustentan las intervenciones actuales se centran primordialmente en factores ambientales, de personalidad, de riesgo, de protección y familiares. Se parte de la premisa de que la interacción de estas variables aumenta o disminuye la probabilidad de incurrir en conductas delictivas.

No obstante, el análisis institucional del delito suele sustentarse en un modelo de culpabilización que, paradójicamente, se opone al propósito fundamental de sus programas: la asunción de responsabilidad. Por un lado, se intenta explicar el delito mediante factores internos, convirtiendo al infractor en «víctima de sí mismo» a través de la psiquiatrización del comportamiento o el diagnóstico de trastornos de personalidad y drogodependencias. Por otro lado, se atribuye a factores externos ajenos al sujeto, donde el joven resulta ser «víctima de su entorno», como familias desestructuradas o fracaso escolar. En ambos casos, los conceptos de culpa y responsabilidad terminan confundiéndose.

Desde una perspectiva más eficaz y coherente, el hecho delictivo debería abordarse como un síntoma. Este debe analizarse tanto desde la historia particular del sujeto como desde una visión general, entendiéndolo como una manifestación clínica de la época. Problemáticas como la violencia, el consumo de sustancias y las agresiones son formas sintomáticas que el sistema intenta tratar mediante protocolos estandarizados basados en causas universales. Sin embargo, esta metodología facilita la culpabilización en detrimento de la responsabilidad subjetiva.