Siempre que escucho a un médico decir “haz vida normal” mi respuesta es: “define normal”. Y los miro fijamente mientras sonrío. Al principio me devuelven la sonrisa mientras se piensan si han o no de explicarme a lo que se refieren con “vida normal”. El sujeto supuesto saber expresa la realidad esperada por el paciente tras un episodio médico relevante. Sin reparar en el fantasma de cada uno. Sabemos que cada sujeto vive su realidad, y en ese guion inconsciente que le da sentido a las situaciones, “vida normal” puede ser lo cotidiano o lo esperable. Quien puede vivir en su vida normal es capaz incluso de involucrar repeticiones que le hacen sufrir y quien puede salirse del automatismo del fantasma, quizás únicamente gracias al análisis, es capaz de sostenerse de manera menos determinada por él.
A veces interrumpo cuando alguien se refiere a algo como “normal” porque considero humildemente que el término “común” es más acertado en ese contexto. Entonces, reflexioné brevemente con el doctor: qué es común y qué es normal. Su conclusión tras un análisis pormenorizado de mi día a día fue tajante: no puedes hacer vida normal, haz la de la mayoría, la común: trabajar, comer, dormir. Define mayoría, le dije sonriendo. ¿Debemos aceptar que esa sea la normalidad aceptada como tal? ¿La de la mayoría? ¿Quién es la mayoría? ¿Existe una mayoría silenciosa?
Tengo amigas que también se han reído cuando les he dicho que debo hacer “vida normal”. Les preguntó por qué, y me responden al unísono: “porque no paras”. La asociación de estos dos conceptos me resulta interesante. ¿Qué es parar? ¿Es ir a trabajar, comer y dormir? ¿Es la pausa el lugar natural del existir de la mayoría de gente que vive una “vida normal”?
Siendo al parecer destinataria oficial del “no paras” supongo que las risas vienen por salir del tiesto de la normalidad que el Otro prescribe tan alegremente.
Hay quien ve excesos en el movimiento, la velocidad; otros, prisa buena. La modalidad singular con la que, al parecer una minoría, se sostiene. En la actividad constante, en el deseo de mejorar.
Efectivamente: no paro de viajar, de querer, de leer, de trabajar, de besar, de inventar, de cuidar, de escuchar música, de gestionar proyectos, de ir a conciertos, de hacer planes, de ir a bodas, de celebrar cumpleaños, de pasar tiempo con mi gente, de escribir. De vivir. Normal. Siendo la vida, entonces, difícilmente separable del fantasma que la organiza. No existiendo lo normal como norma universal.
Cada día defiendo más que cada una haga su vida normal y respete la de los demás. En sus decisiones sobre su relación con el mundo. Y cada día defiendo menos a quienes viven en la queja continua por no desear su vida normal. Quizás haya un debate mucho más profundo detrás sobre privilegios, obligaciones y responsabilidades. Pero desde luego vivir en la queja impide avanzar. Por eso animo a los transmisores de quejas a que se psicoanalicen. Aunque sospecho que no es fácil escuchar lo que no se quiere escuchar.
Es cierto que se puede vivir paralizados o poco preparados para moverse. Quizá baste con trabajar, comer y dormir.
Me sorprendió leer una idea de un médico llamado Jacques Lacan: “Hagan como yo, no me imiten.” Quizá otro médico les diría: “hagan vida normal”.