La serie La belleza (Ryan Murphy, 2026), se acerca al body-horror, siguiendo la estela de la película La sustancia (Coralie Fargeat, 2024). Ambas, aunque de diferente manera, exploran el precio a pagar por el goce de una juventud ¿eterna? y un cuerpo ¿bello?
En la serie, un multimillonario desarrolla una fórmula para aquellos que quieren ser bellos y jóvenes eternamente, sometiéndose a una transformación radical, de manera similar al paso de oruga a mariposa. El mito de la eternidad aquí es explorado por un camino diferente a cómo Mary Shelley o Bram Stoker lo hicieron en su tiempo, ya que mientras en éstos persiste un Ideal (ya sea el amor, la pérdida de seres queridos, el vacío “vital”….) en la serie este Ideal parece sustituido por un “Goza!”. Este aspecto me ha recordado a la fórmula de Miller y Laurent, que destaca Cosenza en su libro Clínica del exceso[1], a saber, “Goces sin Otro”. El exceso campa a sus anchas en la serie, especialmente, cuando los personajes descubren que “La belleza” se puede transmitir no sólo mediante una transacción monetaria sino también por contacto sexual. A partir de entonces los encuentros se reducen al contacto, sin lazo, para conseguir eso. Hay algunas excepciones, por suerte, a esta lógica.
Destacaría en especial el papel de Isabella Rosellini en la serie. Ella resiste todo el tiempo al empuje que su marido, el multimillonario artífice del producto, (interpretado por Aston Kutcher, en su versión bella) quiere. Éste desea, que ella acepte “La belleza”. Él quiere que sea ella la que decida. No vale hacer trampas. Para que su deseo se sostenga tiene que pasar por la elección de ella. Pero la cosa se complica, y los hijos de la pareja, una vez “transformados”-aviso spoiler-, traicionan a una y al otro, apelando a que cumplen el supuesto mandato del padre, confundiendo deseo con demanda. El personaje de Isabella una vez transformada, tras el acto canallesco de sus hijos, en una bella mujer, rechaza su nuevo cuerpo; ella no quiere eso. Rechaza radicalmente haber perdido su “otra belleza”, un cierto narcisismo de la madurez-vejez, sus arrugas, los recovecos de su cuerpo que “el paso del tiempo ha cincelado”, como dice. Este personaje muestra un goce con su vejez, con su madurez, y aunque se confunde con “ser un cuerpo”, parece un goce menos salvaje, algo se ha humanizado en ella, a diferencia del resto de su familia.
En este sentido parece que ambas posiciones, la del exceso y la de cierto narcisismo “clásico”, se acercan, haciendo del cuerpo un “lugar adorado”. Destaco la cita de Lacan en este sentido: “El parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene. En realidad, no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia – consistencia mental, por supuesto, porque su cuerpo a cada rato levanta campamento.”[2] Las formas de “levantar campamento” en la serie son de lo más grotescas, hipérbolicas (con cuerpos que devienen monstruos, viejos, niños….), y siempre al margen de la voluntad de los personajes.
Otra excepción la representan la pareja protagonista, un hombre y una mujer policías que terminan “infectados” por La Belleza. La primera, accediendo a un contacto sexual con un desconocido, sin la aparente intención de ser transformada. El segundo por una cuestión sacrificial, que sale bastante mal. Suponen una excepción en la medida que no buscan esa solución, pero al final ese goce los arrasa también.
La serie aparenta ser transgresora, pero uno de los mensajes que me parece que transmite es propio de la época en la que el Nombre-del-padre no había caído: “El que juega con fuego, se quema”. También supone una crítica irónica y fantasiosa a los excesos del culto al cuerpo y el rechazo de la castración.
[1] Cosenza, D. Clínica del exceso. Xoroi, 2024.
[2] Lacan, Jacques. El Seminario, libro 23, El sinthome. Paidós, Buenos Aires. 2006.