Carreño Villada, J. (2026).
Hechos dignos de ser recordados de un psiquiatra de los nervios
Xoroi Edicions. (Colección caleidoscopio, pág. 85)
Durante toda mi formación y mi carrera profesional este término ha surgido una y otra vez, y ha sido motivo de múltiples comentarios de pasillo, charlas informales entre colegas y entre el personal, así como de conferencias y cursos. Siempre que había una persona un poco agresiva verbalmente, o un poco aprovechada de los errores del sistema sanitario, o que simplemente no se adaptaba a ciertos protocolos y a la sistemática psiquiátrica o institucional, era habitual que surgiese el término: «este es un poco psicópata». También decíamos «este es un poco psicopatón», como maximizando alguno de sus rasgos.
El caso es que la vida me ha ido enseñando que este término no debe utilizarse a la ligera. Tiene consecuencias muy serias en la clínica, en la transferencia y en el trato y tratamiento de las personas.
En un giro del destino, la vida —otra vez— decidió por mí y me puso a trabajar en un centro de atención a drogodependientes. Escogí esa opción porque estaba cansado de cambiar de dispositivo cada tres meses y, cuando no había ninguna baja, me tocaba hacer solo guardias. Eso sí que era perverso por parte del sistema de salud. Ya explicaré más adelante qué tiene que ver la psicopatía y la maldad con la perversión.
Durante los dos años que trabajé en esta institución atendí a muchos pacientes drogodependientes. Algunos entraban y salían de la cárcel en función también del seguimiento que realizaban en el centro. Otros tenían condenas menores que les obligaban a acudir de manera regular. Eran, para el público en general, un poco psicópatas. Pero la realidad era muy distinta.
Algunos eran pobres desgraciados, con familias horribles, historias de abuso y desastres varios. Otros eran víctimas de su época y del auge de la heroína en Galicia en los años ochenta: una especie de mezcla entre gente que venía del mundo rural a una ciudad en auge económico, sin más mampara social que el barrio y cuatro amigos tan despistados como ellos. Otros, más variopintos, acudían obligados porque la policía les había pillado con marihuana y tenían que hacer un curso para no pagar la multa.
Más disparatados eran también algunos consumidores de sustancias que podríamos denominar «de los noventa». Merced a los programas de concienciación y a la cruda realidad de ver yonquis-zombis en las calles, el consumo de heroína disminuyó, pero algunos, torpes, enganchados al auge de la cocaína, terminaron tomando opiáceos para reducir los efectos finales de la cocaína. Con lo cual, al final, eran adictos a dos cosas.
Ese era el panorama cotidiano. Existía, como es sabido, también el problema de la mentira. De alguna manera, todos sabemos que los toxicómanos suelen mentir para conseguir lo que precisan, y, si no, sus sustitutos; en aquella época lo habitual era la metadona. La metadona les permitía cubrir el mono, pero era frecuente alternar ambos consumos.
Ahí confirmé una teoría transferencial, es decir, una manera de tratar a estas personas. Siempre que algún paciente llegaba un viernes con alguna excusa perentoria, algún discurso absurdo sobre por qué no se podía hacer el control de orina que confirmase su abstinencia, o decía que no era capaz de mear, yo le daba por supuesta la metadona que estaba prescrita. Eran siempre historias muy poco creíbles, pero un viernes no vas a dejar a un toxicómano sin su sustituto; esa cuestión diaria para otro debate.
Siguen tomando un opiáceo con una vida media más larga y con mayor dificultad para su retirada, pero lo controlamos nosotros. Eso también da para otro libro.
El caso es que aposté fuerte por mantener el vínculo con estos pacientes, es decir, darles lo que querían aunque fuese una auténtica mamarrachada de excusa, una primera vez, incluso una segunda. En ese tránsito establecíamos una relación, y yo me preocupaba por su vida, sus deseos, sus intenciones; algo así como una suerte de psicoterapia, algo con lo que algunos se veían sorprendidos e incluso asustados, como pensando: «A este tipo realmente le importa mi vida». Y eso era algo a lo que no estaban acostumbrados.
A la tercera vez que me contaban una película yo les decía, anticipándome al final de su cuento barato: «No me digas más, los deberes se han comido a tu perro». Una versión en lapsus de la excusa escolar de que «el perro se ha comido mis deberes». Algunos la pillaban, se reían y, sutilmente, se iban, y ya volvían otro día limpios. Otros no la entendían, pero entendían que hasta ahí habíamos llegado. Y otros literalmente no entendían nada; entonces yo les explicaba que ya eran tres veces haciendo el idiota y que el protocolo era el que era.
En ese momento empezaba la transferencia de verdad: la relación clínica en la que la mentira puede ser soportada, pero no juzgada, un lugar donde atender la mentira como un síntoma más.
Con algunos llegamos a éxito; con otros, a medias verdades y curaciones relativas; otros simplemente desaparecieron o se fueron con otro psiquiatra porque no estaban interesados en solucionar nada, cosa que, en algunos casos, era muy razonable dado el tamaño del horror de sus vidas y la dificultad que suponía, a esas alturas, empezar a darle vueltas al porqué de toda su vida. Yo tampoco lo haría.
Disculpen la divagación. Todo esto venía por los psicópatas. ¿Se pueden creer que en esta jauría de mentiras, vagabundeo y drogadicción apenas vi dos o tres verdaderos psicópatas? Y no lo digo de forma ingenua, como un imbécil que no se ha enterado de nada, sino porque en muy contadas ocasiones he entendido lo que es un psicópata de verdad.
Un psicópata no es el que miente, ni el que te tima, ni el que la lía para conseguir lo que quiere. Hay un plus que se percibe en la entrevista. El verdadero psicópata es el que goza haciendo el mal, o incluso el que goza angustiándote cuando actúa mal. El que te sugiere sutilmente ciertos peligros si no haces lo que él quiere, o el que, aún más fino, te dice que sabe dónde vives y cosas por el estilo.
Aprendí —a la brava e intuitivamente— que con esta gente lo mejor es hacerse el gilipollas. Es casi la mejor opción. No permitir que la angustia se muestre, cambiar de tema, vestirte de inútil, derivarlo a instancias superiores. Bajo ningún concepto darle importancia orquestal: su goce tiene que ver con ese poder que ejercen sobre ti.
Lo aprendí con dos tipos para los cuales la droga era el menor de sus problemas; su pasión era angustiar y sus antecedentes eran su carta de presentación. No es lo mismo un toxicómano que viene con su madre —que lo malcría y le da collejas cuando no da la mano al médico— que un tipo que dice ser adicto a la cocaína, hijo de millonarios, que sale de la cárcel en régimen supervisado tras haber matado a un amigo en una pelea por una chica. Son perfiles distintos. Al primero hay que ayudarle a disolver ese vínculo donde la droga hace de stopper en un estrago materno muy patológico. Al segundo hay que darle lo que diga el protocolo y hacerse el idiota para mantenerlo lo más lejos posible.
Mientras escribo esto me vienen a la cabeza conversaciones con amigos y familiares en las que me preguntan: «Oye, Trump ¿es un psicópata?», «¿Y Netanyahu?», «¿O el perro Sánchez?», «¿O los políticos en general?». Qué fácil es responder que sí. Algunos matan gente y parece que disfrutan; otros buscan el poder a cualquier precio.
Recuerdo un documental sobre Trump en el que su madre explicaba que Donald siempre había sido un niño especial. Especial y malcriado, habría que decir, porque relata casi orgullosa cómo, cuando jugaba con los Lego con su hermano, Donald le robaba piezas. Cuando este se lo recriminaba y los padres intervenían, Donald, astuto negociador y millonario de cuna, encontró una solución: pegaba las piezas de su hermano con pegamento a las suyas, de modo que ya eran suyas. Quizá algo parecido a lo que ha hecho en su carrera empresarial y política: no bajarse nunca de la burra hasta tener el poder por deflación de los otros.
Pero eso no es perversión: es, quizá, como tantos otros, una adicción al poder, un niño que no soporta la falta ni la competencia. En el caso de Netanyahu ocurre algo similar, pero con el poder religioso, con el poder del padre. Sigue el imperativo transmitido desde David y no siente culpa por el genocidio. Casi en términos freudianos, desde Egipto pasando por Alemania, la cuestión es matar semitas; solo que esta vez los semitas son otros.
Pero estos personajes no son psicópatas. Son yonquis del dominio, de ideales personales y de la tradición. Al verdadero psicópata, al que goza del mal, de hacer daño o de enriquecerse para dar pábulo a sus fantasías perversas, no lo ves. Siempre están cerca del poder, pero suelen ser banqueros, vicepresidentes de cosas, subalternos del tráfico de drogas o de armas, de la prostitución; su objetivo es su goce, no su imagen.
Todo esto lo aprendí a teorizar años después en unas magníficas charlas que hicimos en la Otra psiquiatría sobre la maldad. Recomiendo encarecidamente el libro de Luis Seguí, El enigma de la maldad, así como la obra de Hannah Arendt; y, si no queda claro, la bibliografía de estos autores abre todo un mundo para entender que el mal es consecuente al ser humano y a sus circunstancias. Forma parte inherente del hecho humano y de la polaridad que alberga el lenguaje.
La psicopatía, en cambio, la perversión de gozar con el mal ajeno y con la angustia del otro, es otra cosa: muy infrecuente. No hay tantos psicópatas rodeándonos[1] y son personas que, en mi opinión, sí deberían estar fuera de la sociedad[2].
[1] Quizá la serie Dexter explique mejor esta coyuntura.
[2] Añado a pie de página, para no abundar más en lo mismo, una referencia al famoso libro de No duermas, hay serpientes, donde relatan que, en una tribu perdida del Brasil, sin apenas contacto con el mundo occidental, cuando uno de ellos, casualmente, en una visita a brasileños, mató a uno de ellos. La tribu poco a poco le fue dejando de lado. Porque ya no era de fiar. Una especie de cárcel de ostracismo. Tiempo después este hombre desapareció no se sabe si matado por otro por miedo o simplemente murió por inanición ante la falta de colaboración de los otros en su supervivencia ya que no era alguien en el que confiar.